Opinión

Ni ídolo ni ser menospreciable, ¡niño!

Carolina Cuenca

«No se debe hacer un ídolo del niño como lector, ni tampoco debemos menospreciarle; hay que hablarle de hombre a hombre... Evidentemente, tenemos que intentar no hacerle ningún daño, e incluso podríamos atrevernos a esperar que, en alguna ocasión y con la gracia del Todopoderoso, a lo mejor le beneficiamos, pero sólo si ello implica tratarle con respeto”, comentaba el autor de las Crónicas de Narnia, el sabio C. S. Lewis, en su ensayo sobre las Tres formas de escribir para niños.

A pocos días del Día del Niño en nuestro país, aquel consejo me impresiona de manera particular. No hay nada más difícil que “decir algo” de verdad y más aún a los niños.

Lewis aconsejaba dirigirnos a los niños a partir de aquellos elementos de nuestra propia experiencia que compartimos con ellos, con el mismo interés y la misma seriedad, pues aunque los adultos ya tenemos también otros intereses, eso no significa que al dirigirnos a ellos debamos ser triviales, falsos o moralistas. “Porque en la esfera moral probablemente sean al menos tan sabios como nosotros”, afirmaba.

Siempre me ha impresionado la capacidad que tienen los niños de asombrarse. No sé si es por mi interés por la literatura y la filosofía, pero reverencio esa “apertura a todos los factores de la realidad” que tienen los niños, como diría el pedagogo Luigi Giussani, porque es la forma más interesante que encuentro para vivir. Es la sabiduría de los pequeños.

Lastimosamente, el racionalismo extremo, la ignorancia y la mediocridad en el trato con los niños que caracterizan nuestro tiempo –salvo algunas excepciones–, incluso llega a afectar esa capacidad en ellos. Es como si entre todos, al no desarrollar nosotros nuestro mundo interior, como adultos, quisiéramos a toda costa reducir el de ellos.

Por suerte, en nuestro país muchos niños logran escapar de los intentos de someterlos a los cánones del pensamiento único, a una sexualización precoz, a un clientelismo ideológico o comercial que anula su imaginación, creatividad y libertad interior. Es la violencia de la modernidad y la peor de las decadencias posmodernas. Aunque la posmodernidad en su crítica al racionalismo está rescatando para los niños el inmenso mundo de los signos y los sentimientos, pero carece de la apertura que aportaría más esperanza y alegría para ellos. Es el drama de la falta de certezas y de la censura de su sincera búsqueda.

Lo bueno es que muchos niños paraguayos se empeñan en ser niños. En jugar, en cantar, en competir, en compartir, en descubrir, en inventar, en reír y llorar desde dentro. Y lo hacen leyendo cuentos, subiendo a árboles o ayudando en casa, da igual, siempre que se les deje ser ellos mismos. No es necesario inventarles moralejas en todo, supercontrolarlos ni descuidar sus valores en nombre de una libertad sin verdad, que lo único que esconde es nuestra precaria moralidad. Los niños necesitan de la verdad de nuestra experiencia, que compartimos a través de eso que llamamos relación humana.

Es penoso que este plus de los niños paraguayos pueda decaer o enfermar. Depende mucho de que entre todos cuidemos su familia. La concreta y particular. La que forma comunidad y, luego, muy mucho después la que es sujeto de la intervención del Estado. Me refiero a que ellos se merecen algo más que burocracias o folletos acerca de buenas prácticas para su crianza. Se merecen un patriotismo sano que los defienda protegiendo su espacio natural, su familia. Se merecen beber de lo más genuino y nutritivo de la savia cultural del Paraguay: Nuestro respeto por su naturaleza, su humanidad y personalidad.

Así que desde el fondo del corazón lo que les pido a los niños de mi país es que sepan y siempre recuerden que su vida no es una casualidad, ni un accidente, ni el simple fruto de la voluntad de sus padres o de políticas estatales, es una maravilla en todo el sentido de la expresión. Es valiosa, es excepcional. Niños, es buenísimo que cada uno de ustedes exista. ¡Ánimo, chicos! ¡Felicidades!

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