01 abr. 2026

Monterroso, del movimiento perpetuo al eterno

“En un lejano país existió hace muchos años una oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura”. (Augusto Monterroso, de La oveja negra y demás fábulas

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Hondureño por nacimiento, guatemalteco por nacionalidad y mexicano por residencia, se convirtió en uno de los nombres obligados de la literatura latinoamericana.

Efe

Así como alguna vez Augusto Tito Monterroso escribió una lista de lo que le ocurre a aquel que lee a Jorge Luis Borges, muchos podríamos hacer algo similar enlistando lo que nos sucede cuando leemos a Monterroso. Al momento de zambullirse en uno de sus cuentos o fábulas, la expectativa es tal que no se sabe con qué estado de ánimo se emergerá de estos poderosos textos. Este escritor no solo fue uno de los perfeccionistas de la narrativa breve, sino que fue un innovador en dicho género. Sus cuentos rompen el molde en varias ocasiones, mientras que sus fábulas no tienen moralejas explícitas, sino que quieren ser espejos de la cotidianidad humana.

Hondureño por nacimiento, guatemalteco por nacionalidad y mexicano por residencia, se convirtió en uno de los nombres obligados de la literatura latinoamericana, aunque sus influencias fueron más bien los clásicos latinos y griegos, así como los españoles del Siglo de Oro. Su preferencia por los textos breves él la atribuye a estos últimos, a quienes leyó en sus peripecias como exiliado. No en vano su alter ego literario, Eduardo Torres, tiene un busto de Cicerón en su despacho y hasta las partículas de polvo recuerdan a los átomos de Epicuro.

Aunque no hay que caer en el error de identificar unívocamente a Monterroso con Torres, pues ningún autor transpone absolutamente su ser en sus personajes, muchos han visto en Eduardo Torres como el par literario de su propio creador. Y Monterroso no lo ha negado. Pero no nos perderemos en estos laberintos, sino que simplemente diremos que Torres es el personaje principal de la única novela de Augusto Monterroso, Lo demás es silencio. Para alguien que es un pez en el agua escribiendo cuentos, acometer una novela no habrá sido nada fácil. Esto puede explicar la estructura sui generis de la misma, lo que seguramente habrá llevado a más de un crítico a negarle el estatus de la novela. Pero qué es la novela es otro laberinto semántico en el que no queremos perdernos ahora.

El dinosaurio

Pero si Tito Monterroso infringió reglas en su única novela, lo mismo hizo con el cuento al escribir: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Este cuento titulado El dinosaurio se encuentra compuesto de solo siete palabras. Ya se pueden imaginar el revuelo que causó cuando apareció en su libro de cuentos Obras completas (y otros cuentos). Pero mientras la crítica literaria hacía su labor elogiando o descalificando El dinosaurio, Monterroso siguió entregando sus miniaturas literarias como un orfebre de la palabra, aunque ya ninguno fue tan pequeño y atrevido como el que mencionamos.

Por supuesto, Monterroso fue un claro defensor del género cuentístico, aunque no lo hacía con los mismos argumentos de su admirado Borges. Quizá las inquietudes metafísicas fueran las mismas en ambos autores, pero el aspecto formal y el estilo los separaban radicalmente. Monterroso escribía con una llaneza que nunca implicó falta de profundidad; la buena literatura o es alegórica o no es buena literatura, dirían ambos. Pero que Borges nos arranque una carcajada es difícil, mientras que si uno ve leyendo a alguien que ríe al mismo tiempo es porque tiene en sus manos un Soriano, un Fontanarrosa o un Monterroso, pero si es una risa nerviosa definitivamente es este último.

Los cuentos y las fábulas de Monterroso pendulan entre la ironía y la parodia, a veces reflejan una crueldad explícita, que es una marca en varios escritores de nuestro continente, y en otras ocasiones nos exigen una vasta cultura casi equiparable a lo que alcanzó el autor en su formación autodidacta.

Pero, ¿qué hay de las fábulas? Una vez más algunos críticos no la tomaban como tal, pero él las consideraba auténticas fábulas, a pesar de que no terminaban con una moraleja. En nuestros tiempos, decía, ya no podemos decir a los lectores cómo comportarse o qué hacer con sus vidas, al menos de la forma directa con que lo hacían los clásicos como Esopo, La Fontaine o De Samaniego. Pero una cosa sí es segura, Monterroso siempre busca una sacudida de nuestras conciencias con estas fábulas barnizadas de un ligero humor, nos abofetea en nuestra hipocresía, nos señala contradicciones que negamos caprichosamente.

Monterroso nos sigue deleitando con su agudeza, cada minicreación es una bomba bien maquinada. La literatura latinoamericana se enriqueció y mostró una flexibilidad estilística y formal pocas veces vista. Leerlo siempre es una aventura recomendada. El movimiento perpetuo que empezó con su literatura ya empieza a traspasar la eternidad.

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