Confieso que aún no he visto la película 7 Cajas. Pero el elogio popular que se percibe es unánime. O eso parecía, al menos. La gente, que ya superó en cantidad a la que fue a ver Titanic, dice que la película es de esas que mantienen a uno sentado al borde de la butaca. Y las actuaciones de los participantes de la filmación (creo que no todos son actores), son increíblemente verosímiles, valga la paradoja.
El dúo Maneglia-Schémbori hace muy bien las tareas que ellos mismos se encomiendan. Recuerdo haber visto su corto La lección de piano. Quedé perplejo por su perfección. Todos los detalles técnicos estaban cuidados con precisión de relojería. Y era evidente que la dirección y la edición del corto estuvieron a cargo de un entendido en serio. Por primera vez oí el apellido Maneglia. Y me mandé este vaticinio: “Este mitã’i va a hacer grandes cosas”.
Demoró un tanto en cumplirse la profecía, pero hay que tener en cuenta la falta de fondos y de tiempo, pues Maneglia y Tana trabajaban en toda clase de emprendimientos que involucraran cámaras y actuaciones: desde cortos publicitarios hasta documentales en video. El tiempo fue pasando, y un buen día, mi cualidad de vidente cristalizó y me puso en la cúspide de la consideración y la admiración... propias.
El videasta y su productora-guionista-etcétera presentaron en sociedad a su retoña 7 Cajas. Y la presentaron en calidad de película artística y comercial. Por ahí ya apareció un premio, pero eso no habrá incidido demasiado en la decisión del público que se volcó masivamente a los cines locales. Hace ya algún tiempo que la recaudación superó el millón de dólares, algo inaudito en cualquier zona de nuestro mundo artístico.
Los elogios de profanos y entendidos llovieron por igual sobre la película: que la gracia del jopara, que la elección certera de los actores y actrices, que la trama, que péa, kóa ha amóa. Lo concreto es que la película del perseverante dúo Maneglia-Schémbori se convirtió en un éxito, como nunca se dio para una obra de factura local.
La película fue enviada a competir en diversos festivales y concursos, en los cuales corrió diversa suerte. Aquí ganó un premio. Allá salió colera. Mientras tanto, aquí, para verla, hay que ir con tiempo al cine. Donde la muestran, hay lleno total. Y la crítica favorable era de no creer. Hasta que alguien sucumbió a la maldición de la envidia y su hermana gemela, la estupidez: protestó contra los elogios dedicados a una película en cuya factura intervino la hija de un presunto torturador stronista, despropósito que ni siquiera es verdad. Y que aun si lo fuera, nada tendría que ver con un hecho artístico bien logrado. La penosa envidia evidenciada por el acusador solo logró un resultado: dar vergüenza ajena.