14 mar. 2026

Mi patria soñada

Se cumplió el pasado sábado el centenario del nacimiento del poeta pilarense Carlos Miguel Jiménez, quien soñó una patria nueva que, tal como fue para él, aún es una utopía.

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En la foto, el poeta Carlos Miguel Jiménez.

Mario Rubén Álvarez | Poeta y periodista | araju5463@yahoo.com

Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de uno de los grandes y admirados poetas populares bilingües de nuestro país: el pilarense Carlos Miguel Jiménez. Su poesía luminosa y fresca permanece en pie porque en su momento supo captar los sentimientos y las inquietudes de su patria.

Los que derraman su alma en el papel perduran en la memoria de su pueblo cuando su palabra sirve para el instante en que escribieron, pero también para el futuro y para todos.

De la vasta producción poética del que ya como estudiante secundario en Asunción sobresalía por la atildada forma en que utilizaba el verbo el alumno del maestro Delfín Chamorro y por su afán de alcanzar una mayor justicia social para el Paraguay, puede elegirse cualquiera de ellas porque todas poseen un digno vuelo literario.

Hay, sin embargo, una que lo sintetiza al poeta sureño más que sus demás obras: Mi patria soñada. Su centenario sería menos centenario si el homenaje dejara de lado la joya más valiosa de su huerto poético. Nació de su militancia a favor de las causas populares, pero también de su concepción de país.

Carlos Miguel, de joven, fue combatido por las oscuras y violentas fuerzas de aquellos que querían que la patria siempre estuviese atada a la pobreza, a la ignorancia, a la discordia, a la mezquindad y al abandono. Don Félix de Guarania decía que su clara posición antibelicista –estaba próxima la Guerra del Chaco– le había significado la persecución del gobierno de José P. Guggiari.

El pico más candente de la intolerancia hacia quien era, a sus 17 años, el presidente del Centro de Estudiantes del Colegio Natalicio Talavera se manifestó cuando, en 1931 –antes de la masacre de estudiantes del 23 de octubre frente al Palacio de Gobierno– fue apresado y confinado a Isla Margarita, en el Alto Paraguay, en medio de la población brasileña de Puerto Murtinho y la que hoy, en el lado paraguayo, se llama Carmelo Peralta.

El poeta escapó de su prisión, hizo fugaces escalas clandestinas en Asunción y Pilar, para cruzar luego a la Argentina. Allí se iniciaba su exilio. A fines de 1937 tal vez, a inicios del año siguiente quizás, los hermanos Larramendia (Agustín, Rubito; Luciano, Chulo y Generoso, Chirole) lo encontraron establecido como profesor en Resistencia (Argentina).

Militancia política y musical

Los músicos que iban rumbo a Buenos Aires en un viaje que duraría la eternidad de tres años desde que salieron de Isla Sakã (Yegros, Departamento de Caazapá) en 1936 tocaron las cuerdas del alma de bohemio de Carlitos, como empezaron a llamarlo con cariño. De ahí en más, su historia está vinculada a la música paraguaya definitivamente.

A mediados de la década de 1940 retornó a Asunción. Su actitud siguió siendo la misma de siempre. Aunque perteneció al Partido Colorado, en general, mantuvo una posición contraria a los que enarbolaban la barbarie como método de búsqueda y conservación del poder.

En 1952, cuando su amigo Agustín Barboza estaba reponiéndose de una operación en la casa de su amigo Gilberto Duarte, en el barrio Sajonia (Asunción), llegó junto al compositor para pedirle una música para Mi patria soñada. Le dijo que hacía rato ya tenía sus versos. Pudo haberlos escrito en su juventud, a partir de sus experiencia de perseguido. O después de la guerra civil de 1947, que parece lo más probable por las alusiones a la violencia que el poema tiene.

¿Cuál es el perfil de la patria nueva que sueña el poeta?

Es una “libre de ataduras nativas o extrañas” que, además “no tenga hijos desgraciados ni amos insaciados que usurpan sus bienes” y sea un “pueblo soberano por su democracia”.

Igualmente pretende que sea un “paraíso, sin guerra entre hermanos” –lo cual puede reforzar la tesis de que escribió la poesía después de la mal llamada revolución de 1947– que albergue a “niños alegres y madres felices”.

El respeto a las ideas ancla también en su utópica patria al decir que quiere una “patria sin murallas para el pensamiento” en una “nación modelo que por su cultura se ponga a la altura de todos los cielos”, “con voces de estudiantes”.

“Sueño en una patria sin hambre ni penas”, dice en el primer verso de la estrofa final. Lo escribió para su tiempo, pero esa aspiración de un país sin excluidos, con equidad, sigue viva hoy. Es la patria que soñaba Carlos Miguel Jiménez y que aún tenemos que alcanzar.

Mi patria soñada

Fulgura en mis sueños una patria nueva

que augusta se eleva de la gloria al reino,

libre de ataduras nativas o extrañas

guardando en su entraña su prenda futura.


Patria que no tenga hijos desgraciados

ni amos insaciados que usurpan sus bienes

pueblo soberano por su democracia

huerto con fragancia de fueros humanos.

Es un paraíso sin guerra entre hermanos

rico en hombres sanos de alma y corazón

con niños alegres y madres felices

y un Dios que bendice su nueva ascensión.

Patria sin murallas para el pensamiento

libre como el viento, sin miedo a metrallas,

la nación modelo que por su cultura

se ponga a la altura de todos los cielos.

Donde alegren trinos de son libertario

a los proletarios y a los campesinos,

patria donde haya voces de estudiantes

promesas vibrantes de luz paraguaya.

Sueño en una patria sin hambre ni penas

ni odiosas cadenas que empañen su honor

donde el bien impere sin sangre ni luto

bajo su impoluto manto tricolor.

Letra: Carlos Miguel Jiménez

Música: Agustín Barboza

Un gran poeta “popular” y “culto”

Javier Viveros | Escritor | jviveros@gmail.com

A la obra poética de Carlos Miguel Jiménez se la encuadra usualmente dentro de la poesía popular, como para diferenciarla de la poesía culta. En este caso, la clasificación es injusta en extremo, porque es la suya una poesía que trasciende largamente el rótulo; su poderoso verso brilla dentro del ámbito de la poesía popular y a la vez resplandece en el de la culta, haciendo palidecer hasta la ictericia a la poesía de los “patos de la aguachirle castellana”.

Dominio de la técnica

Entre su producción podemos hallar equilibrados sonetos y poemas muy respetuosos de los preceptos. Es notorio que fue un gran lector de los poetas del Siglo de Oro; solo de esos maestros españoles puede uno aprender de una manera lúcida y lúdica el manejo hasta el virtuosismo de la métrica y la rima. Además, como muchos otros poetas compatriotas, no fue ajeno al influjo del modernismo, máxime en las estructuras estróficas. Para ejemplificar todo esto que decimos, pongamos la lupa sobre su poema titulado Mi serenata arribeña:

Despierta que a tu puerta te /ruego de rodillas

con lumbre de la cumbre

/nocturna de cristal

con una clara luna que besa /tus mejillas

y argenta mi sedienta visita /musical.

En este cuarteto, compuesto de cuatro versos alejandrinos, podemos apreciar que cada verso puede separarse en perfectos heptasílabos, sin recurrir a sinalefas. Se aprecian las rimas clásicas en A-B-A-B y cuenta además con eso tan difícil que es la rima interior, cuando entre palabras componentes del mismo verso se introduce la rima: despierta/tu puerta, lumbre/cumbre, etc. Se emplea una combinación de trisílabos y tetrasílabos con rima consonante. En la conocidísima canción Flor de Pilar se repite la técnica, pero da ya cabida a las rimas asonantes.

Su dominio de la técnica es absoluto. Y a la amalgama armoniosa de fondo y forma de su poesía se ha sumado la música: llevan su firma algunas de las más excelsas guaranias. Cuando pone letra a una melodía, no es posible hallarlo en falta. No se verá el intérprete forzado a pronunciar una palabra llana como si se tratara de una aguda, ni viceversa: los acentos musicales coinciden perfectamente con los poéticos. Carlos Miguel Jiménez fue un artesano de la palabra que, sin necesidad de recargar su léxico, logró ajustar las piezas para crear objetos verbales destinados a pervivir.

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