Conversamos con el ingeniero Hermes G. Escolar, quien acaba de lanzar el libro El último Cimefor, donde rememora su paso por el servicio militar en 1959. Apuntes que servirán de ayudamemoria a los principales destinatarios del libro: los camaradas de la clase 1942. Los lectores en general encontrarán anécdotas que quizás nunca imaginaron que pudieran haber ocurrido, pero que dejaron gratas e imborrables huellas en el registro afectivo de los protagonistas. Ese mundo tan particular del cuartel de Villa Hayes, en aquel lejano mes de diciembre de 1959, con sus códigos, sus enseñanzas, sus valores, sus alegrías y sus penas. Una experiencia única en la vida de jóvenes aspirantes, fusileros de infantería, privilegiados integrantes de lo que para ellos, y para muchos más, fue el último Cimefor.
- Recuerdo que en conversaciones con camaradas compartíamos la inquietud de cómo transmitir a nuestros hijos, de una manera fluida, espontánea y no forzada, el testimonio de lo que vivimos en nuestra época de cuartel. Eso me hizo escribir algunas notas sueltas y desordenadas, según como iban surgiendo de tanto en tanto en mi mente. El 1 de diciembre de 2009, en el acto realizado en el viejo cuartel de Villa Hayes, para conmemorar los 50 años de nuestra incorporación al Cimefor, llevé 24 ejemplares de un folletín montado con esas notas. Al pedido de los camaradas por más ejemplares, se sumaron algunas sugerencias optimistas para darle forma de libro a esas notas originales. La idea me entusiasmó y me puse a escribir “en serio” sobre nuestra experiencia cuartelera. El resultado fue la aparición de El último Cimefor, cuya edición y distribución gratuita se deben a un grupo importante de camaradas que colaboramos en la medida de nuestras posibilidades.
- En realidad, en el caso particular de este libro, tengo que diferenciar algunos tipos de lectores: en primer lugar está el destinatario natural, los camaradas de la clase 1942. Para ellos les estoy acercando una ayudamemoria que les pueda hacer disfrutar, emocionados, de inolvidables vivencias juveniles, permitiéndoles quizás rememorar también otros episodios que no están incluidos en el libro, y que forman parte importante de sus recuerdos.
Los lectores que cumplieron su servicio militar en otras instituciones se encontrarán con situaciones muy similares a las que ellos ya vivieron, y probablemente les resultará agradable recordarlas. Por último, los demás lectores hallarán aspectos positivos y poco conocidos de la vida del cimeforista, puestos de resalto por sus propios protagonistas.
- Claro que fue distinta. Y voy a señalar simplemente algunas diferencias, sin entrar a pontificar sobre cuál época fue mejor. Comenzando por la educación recibida en los hogares y en las escuelas. Había muchísimo más respeto. No lo digo yo, lo afirma toda nuestra sociedad. Indudablemente que esa educación “civil” facilitaba la formación militar. Estábamos muy poco influenciados por los medios. No había internet, ni televisión por cable. Para nosotros, los estudiantes, el cuartel era la escala donde obtener el salvoconducto para encarar la vida ciudadana, iniciando una carrera universitaria o una actividad laboral permanente. En el aspecto político, éramos liberales o colorados. Faltaba poco menos que 10 años para lo que fue el Mayo francés. La última noche de ese año 1959 triunfaría la Revolución Cubana. El Che Guevara era apenas un jefe guerrillero más y estaba lejos del mito en que se convirtió después. En lo que hace a los aspectos materiales, no hace falta decir nada. En 50 años es demasiado lo que ha cambiado. Solo como un ejemplo: cuando en el verano de 1960, de regreso de Villa Hayes, íbamos los fines de semana al R.I. 14, la calle Colón era la ruta casi obligada de los cientos de cimeforistas que iban caminando a su instrucción cada fin de semana. Es que casi nadie disponía de automóvil. Cómo sería que en la publicidad de la fiesta de Año Nuevo de la noche del 31 de diciembre de 1959, aparecida en el diario La Tribuna, el Club Deportivo de Puerto Sajonia anunciaba que había firmado contrato con la empresa de ómnibus de la Línea 2 para que transportase pasajeros al término de la fiesta, desde el club hasta la Recoleta.
Hermes G. Escolar revive, en El último Cimefor, su paso como cimeforista y rescata valores que hoy se han perdido.
Entrevista
César González Páez
Periodista
cesarpaez@uhora.com.py