Es muy frecuente observar los efectos que producen lluvias, huelgas, malos caminos, cortes de luz y de agua en el desarrollo de la una vida normal en el Paraguay, que si pudiéramos medirlos en términos económicos las cifras serían altísimas.
No solo perdemos dinero y tiempo, sino además vidas humanas que parecieran no importar mucho a nuestras autoridades. Recién nacidos y enfermos muertos por infección hospitalaria hacen parte de estos números trágicos que, por recurrentes y reiterados, han dejado de ser noticia en el país.
Vivimos en un país precario y nada nos muestra con más claridad dicha característica que los días de lluvia. Si cae agua como en las últimas semanas, durante el día, seguro que la inundación precarizará aún más las calles, avenidas, sumideros, desagües, viviendas y vidas.
Clases que no se dan, operaciones quirúrgicas que no se practican, citas comerciales que no se concretan... nos demuestran de manera clara que no medimos aún las consecuencias de no hacer la tarea cuando no llueve.
Personas que levantaron sus casas cerca de cauces de agua, cuando deberían construirlas a más de 150 metros, como establecen las reglas del urbanismo, o que el MOPC, que debería tomar sus precauciones mínimas, deja de cobrar el peaje en Ypacaraí, porque la caseta de control de las computadoras que controlan el pago ha quedado completamente inundada y tuvieron que pasar sin pagar cientos de vehículos, son algunas de las muestras donde pareciera que todo vale y que nuestro nivel de organización social aún no ha superado los estándares mínimos de civilización que alcanzaron hace años otros países.
A más de dos siglos del establecimiento de los desagües cloacales, aún aquí tiramos las aguas negras al mismo río que ahora lo vemos de frente y que algunos anhelan convertirlo en un atractivo turístico e incluso pelean por bañarse en ellas.
No tenemos conciencia social y el sálvese quien pueda grafica claramente que la vida no tiene valor en el Paraguay.
Si a esto sumamos el maltrato en oficinas públicas o en hospitales, tenemos el cuadro completo de una sociedad envilecida por una relación donde solo parece importar a cada uno su conveniencia y no el interés colectivo que es lo que mejor define a la política.
Esta parece diseñarse sobre la lógica del odio y del resentimiento y no del amor ni del servicio. Esto nos agota como nación y hace que acabemos no creyendo en el enorme potencial del Paraguay al que no terminamos de amarlo más allá de la nostalgia lejana y de las frases de ocasión.
Debemos comenzar a medir las consecuencias de nuestros actos y actitudes para dejar de ser un país precario que se hunde en la primera lluvia que se abate en otoño.
La metáfora de esta estación de las hojas caídas podríamos graficarla mejor con las oportunidades perdidas que lleva a muchos que de tanto insistir y golpearse no encuentran mejor salida al país que el aeropuerto o las estaciones de buses.
Debemos hacer del Paraguay algo más llevadero y no la repetición de sus desgracias, que hace que pareciera que nunca logramos alcanzar el desarrollo que permita saber que la vida de cada uno, su tiempo y sus oportunidades no pueden terminar acabadas cada vez que llueve.