País

Medio siglo de devoción, a tranco lento de los bueyes

 

De un pueblito de Itá a la Basílica Menor de Caacupé, cumplen la tradición de ir en carretas a agradecer alguna gracia o pagar una promesa a la Virgencita Azul de los Milagros.

Salieron de madrugada –ayer– y pensaban llegar a la noche del día que todavía no despertaba.

Durante cuatro semanas se preparan para este evento especial. Son varias familias, entre ellas los Barreto, Barboza y Santander, que hace medio siglo mantienen esta tradición: Ir con carretas, caminando a tranco lento de los bueyes, al encuentro con la Virgen peregrina.

Son de la compañía Arrúa’i. Llevan todo lo necesario para permanecer en algún sitio aledaño al Santuario: Sillas plásticas, mesitas para colocar los alimentos. Además de chipa, el avío está compuesto por milanesa, gallina casera, mandioca, batata y en especial chipa so’o.

“Este año voy a cumplir 52 años que voy en mi carreta. Ningún año falté”, vocifera Isidro Santander, blandiendo las riendas tensadas en el yugo que sujetan a sus bueyes.

PREPARATIVOS

Dahiana Barreto, de 19 años, revela que mucho antes de partir, en las reuniones familiares solo se habla de la organización de esta caravana: Quiénes llevarán qué alimentos, utensilios de cocina, ropas, colchones, etc. Su tío conduce la carreta que por herencia de familia le quedó. Este año sus padres no fueron, pero ellos hace más de 40 años –dice– mantienen la costumbre de ir caminando hasta el Santuario.

Ella fue con sus hermanas, tías, primos, y la abuela que se va a sumar después –irá en auto– porque no puede por la edad desplazarse en carreta. “Un mes antes, la familia cada domingo se reúne y habla sobre eso nomás ya”, cuenta porque hay que ponerse de acuerdo.

Comenta que de su pueblo, al menos diez carretas ya partieron rumbo a la Basílica Menor.

“Esta es una tradición. Mi pedido es la salud de mi familia para que podamos ir cada año”, afirma sin dejar de reconocer que el peregrinar esa distancia –son alrededor de 30 km– “es cansador”, por lo que descansan de vez en cuando.

TESTIMONIO

“A las ocho o las nueve de la noche vamos a llegar si el tiempo permite”, calcula Catalina Gamarra (42) que se unió a la caravana junto a tres de sus cinco hijos. Relata que le debe a la Virgen haber salido de un cuadro depresivo. Por eso, desde hace cinco años se plegó a sus vecinos de Arrúa’i. “Me encomendé a la Virgen y si me curaba, le prometí que iba a venir junto a ella como pueda y siempre que pueda. La Virgen me devolvió la salud”, resalta y añade que todos pernoctarán en la calle. Se quedarán hasta el 7 de diciembre y volverán en colectivo.

A un par de kilómetros de la compañía Cerro Vera, tomaron un atajo para hacer menos pesado el trayecto a los bueyes: Un camino de tierra a la mano izquierda de la ruta Pirayú-Pedrozo que los dejaría poco antes del cerro Caacupé.

Catalina no duda en compartir con otros la chipa que hizo. Don Barreto, el tío de Dahiana, tampoco desdeña unos pedazos de milanesa, como gesto de desprendimiento y generosidad que los caracteriza.



Tradición. Varias familias de un pueblo de Itá hace más de 50 años van en carretas hasta la Basílica.


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