Es posible que en algún momento haya ido a la farmacia debido a algún malestar, y le haya preguntado al idóneo qué medicamento le recomienda. O bien, ingirió una pastilla porque se la recomendó un familiar que tuvo los mismos síntomas que usted. Estas son dos de las principales maneras en que se da la automedicación.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) se refiere a esta situación como el uso irracional de medicamentos, y los tipos más frecuentes son: utilización de demasiadas medicinas por paciente, uso inadecuado de medicamentos antimicrobianos, prescripciones que no se adaptan a las recomendaciones clínicas y automedicación inadecuada.
Se estima, a nivel mundial, que más del 50% de los medicamentos se prescriben o venden de manera inapropiada, y la mitad de los pacientes no cumplen con las recomendaciones médicas. Además, recientemente la OMS afirmó: “La resistencia, que se produce cuando las bacterias sufren cambios que hacen que los antibióticos dejen de funcionar en las personas que los necesitan como tratamiento para las infecciones, es ya una gran amenaza para la salud pública”.
Algunos investigadores comparan la amenaza que representan las superbacterias con el cambio climático. La OMS presentó este año el estudio Resistencia a los antimicrobianos, informe mundial en el que se destaca la preocupación por la resistencia a los antibióticos de siete bacterias responsables de infecciones comunes como la septicemia, la diarrea, la neumonía, las infecciones urinarias y la gonorrea.
Errores comunes
“El principal riesgo de la automedicación es el desconocimiento de las personas con respecto a los efectos colaterales o tóxicos de los medicamentos, que en algunos casos son evidentes, mientras que en otros, cuando aparecen las consecuencias del abuso o uso incorrecto, estas ya son importantes y difíciles de reparar. La repetición de un tratamiento que a otro le hizo bien es frecuente. Y el error principal es creer que una enfermedad siempre va a responder de la misma manera a una medicación, en distintos tipos de personas”, señala el farmacólogo toxicólogo Evelio Cardozo.
Igualmente, que un medicamento sea de venta libre no quiere decir que pueda ingerírselo sin supervisión médica, porque ningún medicamento es inocuo. Cuando una persona se automedica, no conoce el riesgo al que se expone si tiene otra enfermedad, que puede empeorar por los efectos colaterales de los fármacos.
La automedicación sostenida en afecciones que parecieran banales como la tos, por ejemplo, conlleva el riesgo de ocultar los verdaderos síntomas de una enfermedad oculta. “Tomar lo que el médico recetó alguna vez puede hacerse como una medida de primeros auxilios, pero apenas se tenga la oportunidad, se debe hacer la consulta correspondiente, porque el profesional necesita enterarse si los síntomas se repiten”, señala Cardozo.
Entre los malestares más comunes por los cuales la gente se automedica, se encuentran dolores estomacales o de cualquier índole, fiebre, tos, cefalea, diarrea o vómito. Mientras, en la época de frío son comunes las afecciones respiratorias.
Abusos diferenciados
“Es común ver que la gente se automedica con antibióticos por problemas de garganta o respiratorios. Cuando esto sucede, el médico debe dar normalmente un antibiótico diferente o con ciertos agregados que anulan la resistencia, para combatir la infección. También se utilizan indiscriminadamente los analgésicos, antiácidos, jarabes para la tos y antigripales”, cuenta Raúl Ramírez Nizza, médico familiar.
En las farmacias se puede encontrar un abanico interminable de antigripales. La inclinación por uno u otro depende de quien lo recomiende, de que la marca sea reconocida o de su precio.
Los antigripales
Los antigripales, según el farmacólogo, contienen usualmente en su fórmula un analgésico, un descongestivo, un antihistamínico y cafeína.
Son para el tratamiento sintomático de los estados gripales, los cuales en el 100% de los casos, son desencadenados por virus, que desaparecen al cabo de siete días, aproximadamente.
Ahora bien, es posible que algunos de sus componentes resulten nocivos. “La pseudoefedrina (descongestivo) puede tener efectos indeseables en los hipertensos, porque aumenta la presión arterial. También en pacientes anginosos o con arritmias cardiacas”, explica el doctor Cardozo.
“Con cierta frecuencia aparecen casos de abusos de antigripales que tienen efectos indeseables en personas con hipertensión, a quienes se les descompensa la presión por la automedicación”, afirma Ramírez Nizza.
Analgésicos y antiinflamatorios
Los antiinflamatorios no esteroideos (Aines), como el ácido acetil salicílico, el ibuprofeno, el diclofenac, el ketorolac, la dipirona o el paracetamol se utilizan comúnmente para aliviar el dolor, la inflamación o la fiebre. Pueden utilizarse puntualmente para un dolor de cabeza, que luego ya no se vuelve a presentar. Sin embargo, cuando las molestias continúan, es necesario acudir al médico.
“Los Aines producen gastritis y úlceras. Además, estos medicamentos disminuyen la función renal. Con la aspirina, si se corre con la mala suerte de tener un problema de alteración de la coagulación de la sangre, se puede presentar sangrado. Mientras, en el caso de un hipertenso, por ejemplo, si tiene dolor de cabeza y toma alguno de estos Aines, va a aumentar su presión arterial”, apunta Cardozo.
Vitaminas
La gente piensa que las vitaminas son inocuas, pero como cualquier otro medicamento, tienen sus dosis justas para que sean útiles y no tóxicas.
Existen dos tipos: las hidrosolubles y las liposolubles (que se almacenan en el tejido graso). Estas últimas son A, D, E y K y pueden acumularse y producir efectos tóxicos. Por ello, deben ser controladas para ser consumidas en dosis, intervalos e indicación apropiados. Lo mismo se aplica para los productos naturales como el ginseng o gingko, por ejemplo.
Antibióticos
“Mucha gente, al sentir dolor de garganta y fiebre, ya consume antibióticos, cuando la mayoría de esos cuadros son virósicos y pueden simular una infección. La resistencia se produce cuando se los ingiere en dosis insuficientes o se corta el tratamiento antes del tiempo indicado. Cuando esto sucede, los gérmenes sobrevivientes transmiten la información a otros y así se genera resistencia”, resalta Cardozo.
La mayoría de los pacientes abandona el tratamiento antibiótico cuando aminoran sus síntomas, pero esto no es sinónimo de una cura total. La amoxicilina es un antibiótico de amplio espectro; se trata de una penicilina semisintética que se utiliza para tratar diversas infecciones. Pero también es uno de los medicamentos de mayor abuso en general -asegura el toxicólogo- y aun más en época de invierno para los cuadros respiratorios.
Cuando Alexander Fleming descubrió accidentalmente la penicilina en 1928, fue toda una revolución, porque empezaron a tratarse enfermedades que hasta esa época eran consideradas incurables. “Ahora las penicilinas naturales dejaron de ser útiles debido a la creación de resistencia de los microorganismos, y se les tuvo que agregar elementos para que recuperen su actividad. En este momento, muchas de las penicilinas semisintéticas tienen un agregado llamado inhibidor. Esto indica que el fármaco sin el agregado no va a servir de gran cosa por la resistencia creada por las bacterias. Particularmente, le tengo más miedo al abuso de antibióticos que al de los medicamentos psicotrópicos (controlados), porque en algún momento pueden repercutir gravemente sobre la salud humana”, admite el doctor Evelio.
El mayor temor de la comunidad médica es llegar a un momento en que los antibióticos ya no tengan efecto sobre las infecciones, lo cual causaría muertes por enfermedades que antes eran tratables.
En el uso indiscriminado de medicamentos pueden fallar los pacientes, cuando repiten tratamientos sin el conocimiento médico, y también los profesionales, cuando no realizan un buen diagnóstico.
Texto: Natalia Ferreira Barbosa
Fotos: Javier Valdez.