Correo Semanal

Maribel Barreto, la partida de una notable escritora

Potente narradora, su caso es el de una vocación tardía por la escritura literaria, ya que escribe pasados los 50 años de vida brindando una novelística, de una condensación y estilo muy personales.

Activa hasta sus últimos días, la gran novelista, una de las figuras más destacadas de la narrativa de las últimas décadas, en un apretado tiempo de veinte años escribió toda o casi toda su obra literaria, entre el 2000 y el 2022. Sin estridencias fue aportando una producción de notable calidad literaria según los críticos, entre los que destacan Código Araponga, Entre guerras el amor, Ciudad rebelde y Codicia, a los que agregó trabajos de gran aliento de análisis, como Visión de dos décadas de literatura paraguaya en el siglo XXI (2021). Nacida en Quyquyhó, Paraguari, en 1936, pronto emigró a la capital para seguir sus estudios y ejercer la docencia hasta lograr la licenciatura en Humanidades por la Universidad Católica y luego el diploma de magíster en Letras por la Universidad del Norte. Fue Premio Nacional de Literatura 2019 por su obra Hijo de la Revolución y destacó por su larga labor docente. Formó familia con el Ing. Fermín Ramírez, dirigente del PLRA, opositor al régimen stronista.

Tres escritores analizan su notable labor literaria. Ofrecemos también un breve fragmento de una de sus novelas. Las que, sin duda, serán requeridas por el público, debido a la trascendencia de su legado.

Victorio Suárez, poeta y escritor, autor del poemario El cristal y la rosa, actual titular de la Sociedad de Escritores se pregunta: ¿Por dónde comenzar para hablar de Maribel Barreto? Se trata de una tarea difícil por una sencilla razón: Ella fue polifacética en el campo cultural, allí dejó sus huellas indelebles a través de la significativa cantidad de libros que nos ofreció. En ese contexto, se dedicó a la novelística, al ensayo fecundo, tocando con gran erudición todos los aspectos que guardan relación con la crítica literaria. Asimismo, extendió su envidiable sabiduría en el campo de la enseñanza, especialmente en la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción. Allí la conocí hace tres décadas, ambos enseñábamos en la carrera de Letras y compartíamos una amistad sana y perdurable.

El tiempo fue sumando años y Maribel se mantenía firme, con esa eclosión creativa impresionante donde se constituyó en una de las mejores voces de la narrativa nacional, donde descolló con sus novelas de impresionante valor al recrear los episodios históricos contemporáneos, sin descuidar la ficción que dio origen a una narrativa esplendente, certera, de alto contenido estético y social. El punto más alto de esta colosal tarea literaria fue el reconocimiento unánime de la crítica en el año 2019, año en que le otorgaron el Premio Nacional de Literatura.

Por entonces, la incansable labor de Maribel había superado todas las pruebas. Se desempeñaba como académica de número de la Academia Paraguaya de la Lengua Española (Aparle) y ya había dejado de ejercer la presidencia de la Sociedad de Escritores del Paraguay (SEP). Como se podrá notar, las facetas de Maribel Barreto fueron múltiples e intensas. En los últimos tiempos actuó como presentadora de una gran cantidad de libros publicados en Paraguay. En ese sentido, los escritores parecían concebir cierta confianza en sus trabajos después que Maribel les gratificaba con una presentación juiciosa, profundamente puntillosa y lograda.’

IRREEMPLAZABLE

La periodista y escritora Milia Gayoso, autora de Horchata para el mal de amor, cuentos, la evoca así: “Cuando los lapachos amarillos apagan sus soles y los jacarandás comienzan a florecer, ella se durmió para siempre. Hace apenas tres días, como buena maestra, le estuvo corrigiendo una palabra mal escrita a un colega, en la red social Facebook. Cuando leí el “tirón de oreja”, sonreí. Me parecía escucharla dándole un sermón.

Hace algunas semanas, sonó mi teléfono: Titiló su nombre en la pantalla. ¡Hola, Maribel! La saludé alegremente. Hola, no hables, escuchame, me ordenó. E inició un monólogo precioso para mí, porque me hablaba de mi último libro. Mencionó detalles que le agradaron y luego, cuando por fin terminó de dar su parecer, me dejó hablar. Charlamos sobre literatura, de mis flores y las suyas, del malvón fucsia que me volvió a florecer y ella quería, hablamos de nuestra amiga y colega en común, Renée Ferrer y quedamos en ir a visitarla. ¿La querés ir a ver?, me preguntó. Claro que sí, le dije. Bien, iremos, respondió. Pero no pudo cumplir dicha promesa.

Merecedora de todas las distinciones que un escritor puede aspirar en Paraguay, no dio lugar a la vanidad ni al descanso. Continuó enseñando con su lección de vida, y creando hasta el minuto final. Maribel Barreto será siempre una de esas personas imprescindibles e irremplazables”.

Apunta a su vez Javier Viveros, autor de Requiém del Chaco, escritor y uno de sus editores: “El rasgo más destacable de la personalidad de Maribel Barreto fue, sin duda, la generosidad. Apoyó siempre a los escritores emergentes, reconociendo sin mezquindades de ningún tipo el talento ajeno. Tenía siempre a mano un consejo certero, una recomendación apropiada. Escribió sobre las obras de sus colegas sin cansancio y con dación. Tuve la suerte de poder publicarle, en la editorial Rosalba, un par de obras: Lunita, su libro de cuentos para niños, y su novela Desafío, reeditada en trabajo conjunto con la Academia Paraguaya de la Lengua Española, entidad de la que fue por varios años vicepresidenta. De su pluma brotó Codicia, obra ganadora del Concurso Novela Inédita Augusto Roa Bastos (2017), que es a mi juicio la novela paraguaya más importante del último lustro.

La vida de Maribel Barreto estuvo indisolublemente vinculada a las letras, en su triple condición de escritora, crítica y docente. Y aunque sus creaciones nos acompañarán siempre –porque forman ya parte de la gran literatura paraguaya–, la vamos a extrañar. Y mucho”.

Decisión

Estamos todos muy atentos escuchando la lectura del Evangelio del Domingo de Ramos. La iglesia completamente llena, ni un asiento libre, mucha gente de pie en la parte de atrás. En los pasillos, la gente apretujada sufre el calor del mes de marzo; los últimos días del verano se presentan húmedos e irrita el viento norte. La lectura se hace larga, la gente se inquieta, muchos niños empiezan a lloriquear, aprieta el calor y la misa no acaba.

Algunos saltan de sus asientos cuando se oye un estampido fuerte, ¿qué es?, nos preguntamos, ¿un tiro? Sí, un tiro, aquí cerca, nos miramos unos a otros. No es aquí, evidentemente. No parece. ¡Silencio!, interviene el cura para intentar acallar a los feligreses, pero ya nadie puede concentrarse. Los de atrás salen con prontitud cuando oyen gritos en la casa situada frente al templo. ¡Está muerto!, grita alguien en el interior de la vivienda. Sí, está muerto, ¡se mató!

Una mujer delgada de cabellera muy negra se levanta del primer banco del lado derecho, atraviesa la nave principal, acelera sus pasos cuando se encuentra en la mitad del templo, lo cruza sin mirar a nadie, no se detiene cuando alguien la llama, corre; vuela sobre sus tacones altos. Cuando se aproxima a la casa, oye los gritos; se acercan a ella dos mujeres que gritan, no, no gritan, profieren aullidos de terror, de dolor, de sorpresa. La gente sale de la iglesia y en masa se dirige a la casa con el deseo de curiosear, pero se oye la orden tajante: ¡Cierren la puerta!, ¡que nadie entre! Algunos se retiran en vista de que nadie sale, nadie dice nada. La iglesia se vacía, la gente murmura, se forman corrillos; los más atrevidos se juntan frente a la vivienda y comentan, algunos con curiosidad, otros con malicia, unos apesadumbrados y hay quienes demuestran preocupación. No es posible, no puede ser, ¿pero qué será? Esperemos, alguien ha de salir a contarnos; pero nada, nada.

Fragmento de su novela Codicia, ganadora del

Premio de Novela Inédita Augusto Roa Bastos.

Antonio V. Pecci

Periodista y escritor

antoniopeccipy@yahoo.com

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