06 ene. 2026

Marcas saludables

Para sanar el dolor, no hay una sola receta. Puede tomar un analgésico o convertir su cuerpo en un lienzo lleno de sellos circulares aplicando la milenaria ventosaterapia. Conozca la experiencia de ser succionado terapéuticamente.

Ventosaterapia

Getty Images

Por Natalia Ferreira Barbosa

Esos llamativos círculos morados en el cuerpo de los atletas de Río 2016 quedaron en la memoria de quienes siguieron de cerca las Olimpiadas. Sin embargo, están muy lejos de ser una novedad a los ojos de los entendidos, ya que se trata de una terapia antigua. La ventosaterapia no tiene un origen ni lugar conocidos. El Papiro de Ebers, que es la recopilación de tratamientos médicos más antigua conocida –data del año 1500 a.C.– describe cómo los egipcios empleaban esta técnica. Otra referencia se remonta a la dinastía Jing (265-420 d.C.), tiempo del que datan las primeras referencias escritas sobre el método. Conocido como hijhama entre los árabes, y llamado también terapia de las tazas chinas o cupping (de tazas en inglés), es una práctica en la que se utiliza un recipiente en el cual se produce un vacío cuando entra en contacto con el cuerpo, y provoca succión para tratar el dolor.
“Primitivamente, el ser humano tiende a causarse un poco más de dolor en la zona afligida por una cuestión neurológica, que inhibe la sensación. La ventosaterpia es un complemento de distintos tratamientos. Nunca se comprobó la función específica de las ventosas y su eficacia tampoco está avalada científicamente. Lo que sucede a nivel fisiológico cuando existe una lesión –una contractura, por ejemplo– es que el flujo de sangre en la zona disminuye, ya que el músculo no se relaja. Entonces, al crear una succión, el tejido de la zona afectada se llena de sangre y se produce una suerte de elongación muscular. El músculo se afloja dentro de la ventosa o al sacarla”, explica Patrick Domaniczky, kinesiólogo y fisioterapeuta con especialización en Traumatología Deportiva. Él está en el tercer año de un doctorado en Osteopatía, en la Escuela Ostepática de Buenos Aires.
En carne propia
El especialista acaba de adelantar lo que me espera en su clínica ubicada dentro del Complejo Deportivo Édgar Torres. Domaniczky aclara que él no se limita a aplicar una sola técnica, porque cada paciente requiere de una evaluación exhaustiva. Primero se examina el tejido, y a partir de lo que observa, combina tratamientos. Pero en este caso, excepcionalmente, se limitará a la ventosaterapia. Ya tumbada boca abajo sobre una camilla, siento que el kinesiólogo empieza a palpar mi espalda con el objetivo de detectar alguna irregularidad en los tejidos, ya sean tensiones, contracturas u otra alteración. Enseguida me explica que en el lado derecho de mi espalda siente una sobrecarga muscular, por lo que aplicará las ventosas bilateralmente, aunque con énfasis en el trapecio derecho.
Usualmente se aplican las ventosas para tratar de forma complementaria las contracturas musculares, también en casos de rotura muscular y procesos de cicatrización en los cuales el tejido quedó rígido. También se aplican para el tratamiento de cervicalgia (dolor de cuello), tortícolis y tendinitis de hombro, entre otros.
Antes de empezar la aplicación, el fisioterapeuta consulta si tengo algún problema de salud en particular, puesto que el tratamiento está contraindicado cuando hay procesos infecciosos y febriles. También debe evitarse cuando la zona está inflamada, sufrió una contusión, golpe, quemadura o existe una herida abierta.
Ante mi respuesta negativa con respecto a esas condiciones, el especialista procede con el tratamiento. Las ventosas que utiliza son transparentes y de acrílico. También las hay de otros materiales, como vidrio, bambú, cerámica, silicona y otras más rudimentarias hechas de cuerno. “Analizando las diferentes ventosas, llegamos a la conclusión de que las menos riesgosas son las ventosas por bomba de succión, porque son transparentes y permiten ver lo que está pasando en la piel, qué tanta tensión se le aplica y qué color toma. Por ejemplo, si se usa fuego, hay riesgo de producir quemaduras o úlceras. También hay profesionales que no miden el tiempo, las dejan por más de 15 minutos, cuando el límite es de 10. Eso hace que se produzcan lesiones”, agrega.
Antes de colocar cada ventosa, el profesional me pide que inhale profundamente. Luego aplica la primera en la zona baja de la espalda y la presión de la succión es obvia, pero no se siente dolor. De las 13 ventosas que colocó en mi espalda, solamente dos provocaron más sensibilidad: una en el centro de la espalda y otra en el trapecio derecho. El tiempo de aplicación varía de acuerdo a la respuesta del cuerpo, la técnica utilizada y la presión aplicada. En mi caso, después de dos minutos, el fisioterapeuta notó que el tejido empezó a relajarse. En total, las ventosas actuaron durante cinco minutos.
Alivio instantáneo
Antes de retirarlas, una a una, Domaniczky pide nuevamente que tome aire y luego exhale lentamente. Al liberarse la presión, se siente alivio y los músculos que hace unos momentos estaban duros como tablas, se relajan. Los círculos que quedan con un color más oscuro son aquellos en los que la zona carecía de buena circulación: esos puntos coinciden con aquellos donde al principio sentí una pizca de dolor.
“Es normal que las zonas tratadas queden sensibles y con marcas. Esto se da debido a las microlesiones (positivas) causadas por la succión, el aumento de temperatura en la zona, donde los capilares sanguíneos colapsan, por lo que el tejido modifica su aspecto. Esos son los motivos de una leve inflamación controlada. La sensibilidad en la zona tratada puede durar uno o dos días como máximo y las marcas quedan por dos a cinco días”, explica el terapeuta, para concluir el tratamiento.
La sensibilidad y la sensación de calor en los puntos donde se aplicaron las ventosas se extiende, en este caso, por unas horas. Al cabo de seis a siete horas, las marcas se oscurecen más. Las personas que escucharon hablar de la ventosaterapia enseguida reconocen de qué se trata cuando ven mis marcas. Otras se acercan con cara de preocupación a preguntar qué sucedió y algunas no pueden evitar bromear en relación a las dos marcas en el cuello. Al día siguiente ya no siento nada, aunque los círculos continúan presentes. En el cuarto día, el color es pálido y las marcas ya empiezan a desaparecer.
Fue una experiencia diferente. Si de formas de tratar el dolor hablamos, es cuestión de animarse a dejarse marcar.

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