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“Todas las cosas que existen tienen una especie de misión. Son como una advertencia de parte del universo”, dice Shodo Habukawa, respetado monje budista del Monte Koya, Japón.
Sus palabras pueden ser de utilidad en nuestro querido país, en donde pocas veces miramos la realidad como una señal que atender con premura y seriedad.
Actualmente, numerosas situaciones se presentan como “advertencias” -a decir del monje- y deben ser asumidas como tales. El conflicto en Ñacunday, los nativos que ocuparon la Plaza Uruguaya, los permanentes cortes de luz y agua, la escasez de cemento, por citar algunos, son hechos que reclaman ser reconocidos como señales de que hay autoridades, políticos, funcionarios e instituciones que no están cumpliendo con su responsabilidad y que es necesario rectificar rumbos. Quien asume que la realidad es signo de “algo más”, siempre llevará la delantera.
En lo personal, el reclamo es más importante considerando que todo cambio global nace necesariamente del cambio individual. En este sentido, debemos buscar reconocer que todo lo que sucede supone siempre una provocación para nuestra vida, tienen “esa misión”, -como diría Habukawa-, son una indicación para cambiar, una ocasión para dar un paso hacia delante.
Claro, no es cosa fácil, sobre todo si las circunstancias son pesadas o dolorosas. Pero no hay alternativa válida. Pues, o nos quedamos atrapados en ellas, con una tristeza o rabia, o aprendemos de las situaciones, aceptando el desafío del reclamo que traen consigo.
Y aquí el tema es aprender a usar la razón, pues dicen que ella, cuando es bien utilizada, es decir, abierta a valorar todos los factores y variables existentes, es capaz de captar naturalmente las situaciones como un dato vibrante, que atrae y provoca la inteligencia y la creatividad.
Mirar así las cosas y la realidad permite a la persona conocerse y también reconocer sus capacidades y exigencias humanas profundas.
Pero llegar a una postura así frente a las cosas y situaciones de cada día requiere de una educación. Se trata de la educación para volver a ver las señales y escuchar el lenguaje de la realidad, de la circunstancia, de la naturaleza.
Una propuesta interesante, si consideramos que uno no puede escapar de los “signos” de cada día, y que estos no dejan de llamar nuestra atención. Es una posibilidad de aprender y de crecer permanentemente.
Ejemplos de personas que viven de esta forma quizás las tenemos. De lo contrario, la cuestión es identificarlas y luego dejarse interpelar e iluminar por la propuesta que presentan, de manera de participar de la misma genialidad. Y en este punto, el desafío es continuo y la responsabilidad solo de uno mismo. Es el drama de la libertad humana.