Es demasiado indignante escuchar a algunos fiscales y otros funcionarios llamar “señor” a alguien como el suboficial de policía Osorio, quien a través de un mecanismo delictivo, cuya llave eran las tarjetas magnéticas para provisión de combustible a la Policía Nacional, robaba dinero asignado a la institución a la que pertenece, y que proviene del bolsillo de los contribuyentes.
¡Cualquiera es un señor en este país!
Osorio ni sus superiores que consentían y se beneficiaron del robo son señores. Son delincuentes con uniforme. Así que, una primera lección que tenemos que aprender de este nuevo escandaloso hecho de corrupción es denominar correctamente a los hechos, a los actos y a las personas.
Es demasiado ofensiva la ostentación de los ladrones, amplificada por el vanidoso mundo de las redes sociales, y tolerada por una sociedad que parece anestesiada, quizá de tanto convivir con la corrupción y una impunidad institucionalizada.
Es una gran decepción comprobar semana tras semana que están esquilmando al Estado y que nadie devuelve lo robado. Que hay toda una industria de enriquecimiento ilícito empotrado en las propias instituciones públicas y que, si esta fuera desmontada, ya no faltarían medicamentos en los hospitales públicos ni morirían bebés por falta de camas en terapia intensiva.
No habría niños en situación de calle, ni escuelas en condiciones deplorables o comisarías sin combustible para sus patrulleras; ni indígenas viviendo bajo carpas como en un campo de refugiados, ni comunidades aisladas por falta de un puente.
Si no hubiera tantos ladrones en la función pública, tampoco circularía la plata dulce que les permite tener secretarias y asistentes amantes a tutiplé en cada dependencia del Estado, con remuneraciones que triplican la de un ministro y atentan contra el esfuerzo de miles de compatriotas que se matan estudiando y tratando de superar la mediocridad imperante.
Si no hubiera un engranaje de corrupción tan bien conservado, como en la Policía Nacional y en gran parte de los ministerios y entes descentralizados del Estado, Paraguay sería la Suiza del Mercosur.
Si los fondos del Estado que, por vía del latrocinio, no crearan tantos nuevos y escandalosos ricos, seríamos un país menos inequitativo que el Paraguay de hoy.
Si no hubiera tanta gente deshonesta y tan profunda impunidad para encubrirla, llamar señor a un hombre que merece ser llamado así, por su conducta digna, honrada y transparente, sonaría tan normal y no tan chocante como nos suena ahora con tantos ladrones sueltos.