Editorial

Los políticos deben aprender a reconocer el hartazgo ciudadano

Explosiones ciudadanas a lo largo de Latinoamérica deberían ser un llamado de atención para toda la clase política. Cuando los políticos pierden el contacto con la calle, con las inquietudes y las necesidades de la ciudadanía se producen los estallidos de los cuales somos testigos; así es que Perú, Ecuador, Chile y Bolivia son actualmente los escenarios de muestras del descontento popular. A nivel local se impone también que asuman su responsabilidad y tomen nota de lo que está sucediendo alrededor, sobre todo en momentos en los que se percibe todavía con gran fuerza el impacto de la recesión de los dos primeros trimestres del año. Los políticos no pueden estar en contacto con la gente solo a la hora de hacer promesas y pedir votos.

El fantasma de la insatisfacción recorre Latinoamérica por estos días. Después de décadas de relativa estabilidad y tranquilidad, tras haber superado con éxito el atroz periodo de las dictaduras militares, hemos podido disfrutar de un tiempo de calma.

Las democracias que se instalaron tras el periodo dictatorial no han sido, ni de lejos, lo perfectas que hubiéramos aspirado. Sin embargo, también hemos aprendido que aunque imperfecta siempre es preferible la democracia, la libertad y el respeto de los derechos, a la opción autoritaria.

Dos países, Bolivia y Chile, con matices diferentes, son noticia actualmente en los medios y las redes sociales. Dos procesos democráticos con datos económicos exitosos ven hoy a sus ciudadanos tomar por asalto las calles para expresar enojo y descontento.

En ambos países sus líderes han demostrado que se encontraban muy desconectados de sus gobernados y que si hubieran escuchado a tiempo los reclamos, y si hubieran sabido tomar la temperatura de la indignación, sus realidades serían hoy muy distintas.

En Bolivia, Evo Morales —el primer indígena en llegar a la presidencia no solo en su país sino en toda América Latina—, en 14 años en la presidencia, obtuvo logros imposibles de refutar; sin embargo, ignoró las voces que le decían que perpetuarse en el cargo —pese a sus éxitos— no era una buena idea y no era lo que la gente en la calle quería. Hoy él se encuentra asilado en México; en su país, los militares le impusieron la banda a una nueva presidenta y en las calles el descontento no decrece.

Chile era considerado un ejemplo para todos sus vecinos. Hoy es un país en llamas. La crisis allí se desató cuando el gobierno del presidente Sebastián Piñera aumentó el precio del pasaje del Metro. Inmediatamente los estudiantes comenzaron a realizar lo que se denomina “evasiones masivas” en el metro, para ingresar a los andenes sin pagar. La situación se salió de control, con quema de buses, estaciones de metro y saqueos. Y es que tampoco en este país su presidente supo escuchar a tiempo los reclamos; semanas después echó atrás con la decisión del aumento del pasaje del metro, pero ya fue muy tarde, la violencia estaba instalada.

La moraleja podría formularse de esta manera: esto es lo que sucede cuando no se escucha el clamor ciudadano y no se está atento a las señales de descontento.

Esta es una lección que los políticos de nuestro país deberían tomar muy en serio. Precisamente en momentos en que el Congreso Nacional estudia el proyecto de Presupuesto General de Gastos 2020, en medio de un tembladeral provocado por los pedidos de aumentos salariales para funcionarios públicos. Queda claro que si el Congreso aprobara todos estos pedidos de reajuste, el Estado paraguayo solamente se dedicará a pagar salarios, y este sería un escenario catastrófico. Los recursos que aportan los ciudadanos con sus impuestos, servirán para pagar salarios y privilegios de unos pocos, mientras la mayoría de la población debe lidiar con sus necesidades, organizando polladas para costear tratamientos que la salud pública le niega.

Los políticos paraguayos también deberían estar atentos a las señales de hartazgo de la población.

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