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Los hijos de la luz

 

Hoy meditamos el Evangelio según san Lucas 16:1-13.

En el Evangelio de la misa enseña el Señor, mediante una parábola, la habilidad de un administrador que es llamado a cuentas por el amo, acusado de malversar la hacienda. El administrador reflexionó sobre lo que le esperaba: ¿Qué haré, puesto que mi señor me quita la administración? Cavar no puedo; mendigar, me da vergüenza.

Sé lo que haré para que me reciban en sus casas cuando sea retirado de la administración. Entonces llamó a los deudores de su amo y pactó con ellos un arreglo favorable a los mismos. Al primero que se presentó le dijo: ¿Cuánto debes a mi señor? Él respondió: Cien medidas de aceite. Y le dijo: Toma tu recibo; aprisa, siéntale y escribe cincuenta. Después dijo a otro: ¿Tú, cuánto debes? Él respondió: Cien cargas de trigo. Y le dijo: Toma tu recibo y escribe ochenta.

El dueño se enteró de lo que había hecho su administrador y lo alabó por su sagacidad. Y Jesús, quizá con un poco de tristeza, añadió: Los hijos de este mundo son más sagaces en lo suyo que los hijos de la luz. No alaba el Señor la inmoralidad de este intendente que se prepara, en el poco tiempo que le queda, unos amigos que luego le reciban y ayuden.

¿Por qué puso el Señor esta parábola? –pregunta san Agustín–. No porque el siervo aquel fuera precisamente un modelo a imitar, sino porque fue previsor para el futuro, a fin de que se avergüence el cristiano que carece de esta determinación; alabó el empeño, la decisión, la astucia, la capacidad de sobreponerse y resolver una situación difícil, el no dejarse llevar por el desánimo.

Cuando tú y yo pongamos el mismo afán en los asuntos de nuestra alma tendremos una fe viva y operativa: Y no habrá obstáculo que no venzamos en nuestras empresas de apostolado.

El papa Francisco, a propósito de la lectura de hoy, reflexionó “Los administradores corruptos –devotos del dios soborno– cometen un –pecado grave contra la dignidad– y dan de comer –pan sucio– a sus propios hijos: A esta –astucia mundana– se debe responder con la –astucia cristiana– que es –un don del Espíritu Santo–.

“El Señor –dijo el Papa– vuelve una vez más a hablarnos del espíritu del mundo, de la mundanidad: Cómo actúa esta mundanidad y cuán peligrosa es. Y Jesús, precisamente él, en la oración después de la cena del Jueves Santo oraba al Padre para que sus discípulos no cayeran en la mundanidad”. La mundanidad, recalcó el Pontífice –es el enemigo–. Y es precisamente –la atmósfera, el estilo de vida– característico de la mundanidad, lo que –tanto agrada al demonio–. Por lo demás, “cuando pensamos en nuestro enemigo pensamos primero en el demonio, lo que nos hace mal”.

En efecto, prosiguió el Papa, “Dios nos ha mandado: Llevar el pan a casa con nuestro trabajo honesto”. En cambio, “este administrador daba de comer a sus hijos pan sucio. Y sus hijos, tal vez educados en colegios costosos, tal vez crecidos en ambientes cultos, lo habían recibido de su papá como comida sucia. Porque su papá llevando pan sucio a casa había perdido la dignidad. Y esto es un pecado grave”. Quizás, especificó el Papa, “se comienza con un pequeño soborno, pero es como la droga”. Incluso si el primer soborno es “pequeño, después viene otro y el otro”.

Existe, sin embargo, otro camino, el de la “astucia cristiana” –entre comillas–, dijo el Papa– que permite “hacer las cosas un poco ágiles pero no con el espíritu del mundo. Jesús mismo nos lo dijo: Astutos como serpientes, puros como palomas”. Poner –juntas estas dos– realidades es –una gracia– y –un don del Espíritu Santo–.

(Frases de http://www.homiletica.org/francisfernandez/franciscofer nandez0816.htm y https://www.catequesisenfamilia.es/catequesis-familiar/la-biblia/4232-evangelio-del-dia-el-administrador-astuto.html)

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