16 ago 2026

Los hijos de la luz

Hoy meditamos el Evangelio según San Lucas 18, 1-8.

En el evangelio de la misa, enseña el Señor, mediante una parábola, la habilidad de un administrador que es llamado a cuentas por el amo, acusado de malversar la hacienda.

El dueño se enteró de lo que había hecho su administrador y lo alabó por su sagacidad. Y Jesús, quizá con un poco de tristeza, añadió: Los hijos de este mundo son más sagaces en lo suyo que los hijos de la luz. No alaba el Señor la inmoralidad de este intendente que se prepara, en el poco tiempo que le queda, unos amigos que luego le reciban y ayuden. “¿Por qué puso el Señor esta parábola? –pregunta san Agustín–.

No porque el siervo aquel fuera precisamente un modelo a imitar, sino porque fue previsor para el futuro, a fin de que se avergüence el cristiano que carece de esta determinación”; alabó el empeño, la decisión, la astucia, la capacidad de sobreponerse y resolver una situación difícil, el no dejarse llevar por el desánimo.

El papa Francisco a propósito del evangelio de hoy dijo: “Este administrador es un ejemplo de mundanidad. Alguno de ustedes podrían decir: ¡pero este hombre ha hecho lo que hacen todos! Pero todos, ¡no! Algunos administradores de empresas, administradores públicos, algunos administradores de gobierno... Quizá no son muchos. Pero es un poco esa actitud del camino más corto, más cómodo para ganarse la vida.

En la parábola del evangelio el patrón alaba al administrador deshonesto por su ‘astucia’.

La costumbre del soborno es una costumbre mundana y fuertemente pecadora. Es una costumbre que no viene de Dios: ¡Dios nos ha pedido llevar el pan a casa con nuestro trabajo honesto! Y este hombre, administrador, lo llevaba, pero ¿cómo? ¡Daba de comer a sus hijos pan sucio! Y sus hijos, quizá educados en colegios caros, quizá crecidos en ambientes cultos, habían recibido de su padre suciedad como comida, porque su padre, llevando pan sucio a casa, ¡había perdido la dignidad!

¡Y esto es un pecado grave! Porque se comienza quizá con un pequeño soborno, ¡pero es como la droga! La costumbre del soborno se convierte en dependencia”.

(Del libro Hablar con Dios de Francisco Fernández Carvajal).