Opinión

Los colorados también tienen hambre

Brigitte Colmán – @lakolman

El titular del diario Última Hora: “Con olla popular, trabajadores de la ANR exigen cobrar salarios atrasados”, no nos deja indiferentes, y sabe un poco a revancha.

De los millones de paraguayos y paraguayas que existimos sobre el planeta tierra, somos un montón los que no estamos afiliados al Partido Colorado. Tampoco hemos tenido, ni de lejos, acceso a los privilegios y la impunidad que otorga el carné del partido, la amistad con el presidente de seccional, que el diputado sea tu padrino o ser la comadre de la esposa del funcionario de Itaipú.

Desde hace demasiadas décadas hemos mirado el partido desde la alambrada, porque ni para la entrada teníamos plata. Y en aquella cancha que es el Estado paraguayo, solo juegan ellos, aunque de vez en cuando entra a jugar algún equipo de visitante, ninguno se queda tanto tiempo como los colorados.

Los que nos quedamos del otro lado de la alambrada no somos simples mirones. Al contrario, somos los que con el sudor de nuestras frentes pagamos los impuestos que mantienen bien gordo al elefante que es el Estado. Ese Estado paraguayo secuestrado por colorados desde hace 70 años, décadas más décadas menos.

Cuenta la leyenda que en tiempos del dictador Alfredo Stroessner, quien, no poseía un carné de afiliación a la ANR, no podía ser maestra, acceder a la academia militar, ser juez, entre otras cosas. Los delatores, los infames pyragués de la policía stronista, eran todos colorados y estaban infiltrados en todas partes; en la universidad, los sindicatos, los partidos políticos, la iglesia. También eran colorados los policías que torturaban a obreros, estudiantes y militantes en la Comisaría Tercera y en el Departamento de Investigaciones; y encabezaron la masacre a las Ligas Agrarias y a cualquier intento de reivindicar tierra o dignidad. Colorados o no, eran amigos del partido y del dictador, aquellos que se enriquecieron con Itaipú, los despreciables ingenieros y arquitectos que acapararon las obras y acumularon riqueza para varias generaciones; ellos y sus mujeres expertas en brushing y permanentes mientras otras mujeres, campesinas y estudiantes eran violadas en las cárceles de Stroessner. Y también hay que mencionar en la nefasta lista a los que sostuvieron y apoyaron la dictadura y a cambio, se apropiaron de las mejores tierras de este país, con sus estancias tan grandes como un pequeño país europeo e interminables campos de soja.

Los que estamos del otro lado de la vereda asistimos actualmente a un nuevo capítulo de la infamia, al observar cómo roban incluso en tiempos de crisis mundial de salud. Esos adictos al robo, dependientes de licitaciones y coimas no han dudado en fraguar precios de elementos tan necesarios para evitar que sufran tanto por el Covid, enfermos, médicos y enfermeras. Porque a estos desgraciados no les importa nada, su angurria no conoce límites.

Porque la corrupción es el gran legado del Partido Colorado al Paraguay, junto con la impunidad, y la prepotencia.

Hoy, los empleados que trabajan en el local de la ANR están probando un poco de la medicina que viene tomando el pueblo paraguayo desde hace 70 años.

Los han dejado de lado, no les pagan sus salarios y hasta hacen una olla común. Y no saben, o no quieren saber que cientos de sus jefes diputados, gobernadores, concejales, prefieren esconder los millones disponibles antes que entregar alimentos a las poblaciones más golpeadas por la crisis. Mientras, esos 300, gente enferma entre ellos, se quedan sin el seguro médico y sin salario desde hace meses; “nos piden que tengamos paciencia, pero ya tenemos hambre”, dijo una de las dirigentes, y solo resta decirle, bienvenida al Paraguay.

Y sería una especie de justicia poética, si no fuera porque esos funcionarios de la ANR son tan paraguayos pobres como el resto, ignorados por una clase política miserable.

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