Opinión

Locos por el Mariscal

Alfredo Boccia Paz - galiboc@tigo.com.py

Una pequeña patota interrumpió a gritos el pasado miércoles una obra de teatro titulada Las locuras del Mariscal, en la Alianza Francesa. Los agresores coreaban consignas nacionalistas que cuestionaban la falta de respeto a la figura broncínea de Francisco Solano López. El ataque había sido precedido por amenazas de violencia publicadas en las redes sociales, lo que ya había obligado a postergar el estreno de la puesta.

No había nada de espontáneo en este escrache artístico, pues nadie había visto antes la obra. Que, en realidad, no era una blasfemia histórica, sino una ficción sobre un peculiar e inofensivo señor esquizofrénico quien, atosigado de condecoraciones, caminaba por el centro asunceno hasta hace cerca de una década. Durante años lo vi pasar frente a mi consultorio médico, saludándome con deferencia.

Jefe del atropello era José Ocampos, del Instituto Republicano de Política Estratégica, que agrupa a jóvenes ultraderechistas colorados especializados en cierto tipo de odio. Lo suyo es ser muy “anti”: Antigays, lesbianas, abortistas, ideología de género, zurdos, progres, ateos, feministas y revisionistas históricos. Porque ellos se dicen muy nacionalistas. Extremos. Hasta el punto de sostener que en nuestro pasado hay cosas de las que no se habla. Y mucho menos en tono de burla. Lo decretaron ellos y ya. Nada nuevo: Treinta años antes el coronel Alder, intendente de Asunción, prohibió la obra San Fernando, de Alcibiades González Delvalle, por mancillar la memoria del Mariscal. A la distancia, hay que reconocer que censurar era más elegante que patotear.

El arranque intolerante de la otra noche fue un plan relativamente bien logrado del tal Ocampos por lograr unos minutos de figuración. Sus intentos anteriores habían sido mediocres: Encabezar el grupo que no quería que Menchi Barriocanal siga siendo un rostro de Teletón por “no defender el nacimiento”, y sostener que Las herederas no ganaría tantos premios si la pareja protagónica hubiera sido heterosexual. En fin, cada uno busca construir su carrera política con los medios que dispone. Este eligió disfrazarse de fanático. Y no merecería más atención que lo que tardó el resto del público para desalojarlo de la sala, si no fuera por dos motivos.

Primero, callarse ante estos exabruptos, desestimándolos por provenir de fachitos medio descerebrados, es dejar el campo libre a un movimiento que apunta a destruir todo atisbo de pensamiento crítico y respeto a la diversidad. Se aprovechan de las leyes de la democracia para instalar un stronismo del siglo XXI.

Y en segundo lugar, la controversia que siguió al episodio dejó al descubierto la buena salud de la ancestral dicotomía lopismo-antilopismo en la sociedad. A diferencia de lo que dice el jefe de la pandilla teatral, de López sí se puede hablar. De hecho, “patriotas” y “legionarios” se enfrascan en luchas renovadas, acordes a los conservadores nuevos vientos continentales. Una polémica que aquel apacible loquito de la calle Perú, ataviado de mariscal, jamás soñó que iba a provocar.

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