24 oct 2026

Lo urgente e importante

Es difícil escribir una columna esta semana sin dejarse arrastrar por el ruido: las movidas coloradas para asegurarse el poder, las acusaciones del sector financiero contra el Banco Central por los beneficios a una sola entidad cercana al poder, los efectos devastadores del dólar bajo sobre productores, exportadores y maquiladoras. Nada de eso es menor. Pero quiero detenerme en lo que, para mí, es lo más urgente y lo más importante: la violencia contra la mujer.

Detrás de las frías estadísticas hay mujeres golpeadas, acosadas y asesinadas. Y como sociedad reaccionamos siempre igual: nos indignamos cuando ocurre, lo comentamos unos días y seguimos hasta el próximo anuncio fatídico. Este no es un tema de la semana pasada, y no se opaca porque aparezca algo más picante.

Tampoco es una queja de mujeres ni algo que «pasa en todos los países, así que qué lo que tanto». Se llama violencia machista: nace en los hogares paraguayos, se cultiva entre amigos, se perfecciona con el ejemplo y se concreta a la vista de todos.

Sabemos que la Fiscalía y la Policía fallan, y que probablemente falta capacitación y sobran prejuicios. Hay que exigirles más. Pero creer que bajando un poco la estadística ya estará todo bien es un error: la represión no puede contra la cultura de una nación. Las leyes y las estructuras existen; lo que no vemos son acciones para trabajar en la sociedad el machismo que impera en hombres y mujeres. Faltan materiales didácticos, programas para padres, trabajo serio en clubes, iglesias, asociaciones.

Por eso, además de exigir que las autoridades escuchen y actúen, necesitamos educación con perspectiva de género, aunque el término incomode a algunos. Es la que enseña que hombres y mujeres valen lo mismo, que una mujer no es propiedad de nadie y que nadie tiene derecho a dominar su vida.

Pero si esperamos que el cambio venga de arriba, vamos a esperar en vano. Si, las leyes y las autoridades no alcanzan, el cambio empieza en cada uno y en cada una. Y te necesitamos a vos.

La violencia casi nunca empieza con un golpe: empieza con un chiste, un control, un «no te vistas así», un silencio cómplice. Aprender a reconocer esas señales y no dejarlas pasar es la forma más concreta de frenar la escalada. Intervenir no siempre es confrontar: es hablar, preguntar, acompañar, ofrecer ayuda y dejar de justificar lo injustificable.

Por eso te pregunto, cuando ves o sabes de cualquier tipo de violencia, ¿qué haces?

Mirá que el silencio también es una postura. No alcanza con indignarnos cuando una mujer ya no está.

La violencia machista se puede prevenir, pero estamos llegando siempre tarde. ¿Y vos podés hacer algo? ¿Qué tal si esta semana te llevas la tarea de hacer tu parte? Por ejemplo: elegí un espacio donde tengas voz. Tu grupo de amigos, tu familia, tu club, tu iglesia, tu lugar de trabajo. Sacá el tema. Preguntá en voz alta qué harían si vieran una situación de maltrato en su entorno. Alcanza con abrir la conversación que casi nadie abre.

O animate a decir algo la próxima vez. Cuando alguien cuente un chiste que humilla a una mujer, no te rías. Cuando sepas de una mujer que está sufriendo violencia de cualquier tipo, escríbele enseguida: «Estoy acá, sin juicios».

Empezá hoy. Alguien cerca tuyo puede estar esperando que alguien diga algo.

Es urgente y es importante.

Socia de ADEC.
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