Correo Semanal

Liz Haedo en la nebulosa de la locura

 

Blas Brítez

Hace casi cincuenta años, Kurt Vonnegut hizo notar que las guerras las hacen los niños. Obligados por los adultos, salen a matar y morir. Por motivos militares, miles de jóvenes todavía aniñados miraron el abismo con los ojos abiertos en la Segunda Guerra Mundial antes de siquiera atisbar de qué se trata todo esto que vivimos. Esa experiencia extrema –vivida por él mismo– fue llamada por el novelista de Indianápolis La cruzada de los niños.

En estos cuentos, Liz Haedo no persigue el recuento de la sicosis postraumática, como hace la novela de 1969, ni similar cinismo vonnegutiano. Mas como en ella –sin necesidad de conflagraciones bélicas, sino apuntada su prosa hacia las costuras más cotidianas del drama, en los pliegues de la historia paraguaya contemporánea–, los significativos territorios de la infancia, los de la muerte y los de la locura suelen fundirse y desatan las pasiones. Los textos aquí están inmersos en un caldo en el que se cuecen temas doblemente literarios y políticos de la cultura contemporánea, a veces de una específica cultura paraguaya rural o de clase media urbana.

Más o menos como en los libros de Ana María Matute, en este volumen de la escritora que vive en Buenos Aires –que vive y escribe allí, que vive y estudia el lenguaje cinematográfico en la Ciudad de la Trinidad que Juan de Garay tuvo la voluptuosidad de refundar con vecinos asuncenos–, niños y niñas emergen en un ámbito adulto que no siempre les resulta comprensible y les es con frecuencia hostil, a fuerza de incomprensión grande del mundo infante.

Como lo es para la autora de esa obra maestra de la literatura en castellano que es Olvidado Rey Gudú (1996) –perlada, dicho sea de paso, por todas partes con detalles fantásticos y shakesperianos que hacen sonrojar a la popular saga (posterior) de George R. R. Martin–, para Liz Haedo los personajes infantiles son medulares, aunque su literatura no esté orientada a lectores infanto-juveniles como tampoco suelen estarlo las novelas mayores de Matute. En varias ocasiones, las historias de la narradora paraguaya están narradas desde las perspectivas particulares de un niño o de una niña. También figuran como seres solo aparentemente secundarios, cuando son una entidad agazapada en los hechos, absolutamente necesarios. En Mundo-hormiga, es la niña curiosa a la que el himenóptero no le teme mientras recoge las migas de pan, una por una. Son los mocosos y su pirotecnia en “Año Nuevo”.

Quien conozca de cerca a la autora de Pieles de papel, algo de sus ideas –no solo su trabajo narrativo–, comprenderá que la infancia obliterada, con su lenguaje privado lleno de fantasmas, pero también de pequeñas rebeldías, es un foco sobre el que se posa su mirada ficcional y ética. Su sensibilidad humana, en suma.

Apelación a la memoria

Es, precisamente, en “Año Nuevo” que “la nebulosa de la locura” es el limbo de la muerte, una apelación a la memoria. Aquí un hombre recala en un hospital siquiátrico por no soportar “el destete a los 40”. Esto escrito sin atisbo de ironía.

Se me antoja que esa nebulosa –si nos arriesgamos a entenderla como una metáfora de una cierta alienación en el sentido filosófico– es también, a su manera, el “vacío virtual” en “Una mañana extraña”. Charles Baudelaire lo llamó en el siglo XIX “tedio”. La clausura de la experiencia vital en el mundo moderno. Walter Benjamin, exegeta del poeta francés, prefirió otra imagen en su póstumo Libro de los pasajes: “El tedio viene a ser como la reja apoyada en la cual la prostituta bromea con la muerte”. Es lo que se muestra bajo la forma de la multitudinaria inmovilidad digital en los veloces tiempos que corren. Aventurándonos todavía más en este juego crítico, en “Black Friday” la nebulosa de la locura serían esos seres que tienen bufandas serpentinas, manos de tenazas, que sacan burbujas de sus bolsillos y que defienden aguerridos sus lugares en un centro comercial, para ser los primeros en comprar muñecos con “balbuceos programados” que dicen: Ro’use/Rohayhu/Roipota. “La multitud condenada al piso se conformó con oír el anuncio del próximo Black Friday”, se lee en una escena congruente con una distopía consumista que Asunción experimenta cada tanto en el “mundo real”, en Villa Morra y en el centro histórico.

Tal vez no sea desatinado argüir que la nebulosa de la locura es eso que está entre la infancia y la muerte.

Esta no siempre es finitud en el libro, como sí lo es en el breve El funeral de don María, que junta a aquella y la infancia en apretadas líneas; o en la apesadumbrada y también protagonizada por un niño, Cubiertas de arena. En Lilas de papel la muerte es el miedo a la ausencia, a la desaparición. Ella planea sobre la historia y tiene un agente simbólico que la prudencia legendaria y mágica llamaba en los tiempos de Alfredo Stroessner (el año de la firma del Tratado de Yacyretá en el cuento): Mitâ rerahaha. Aquí a Liz le interesa explorar las máscaras lingüísticas que el murmullo popular atribuye a lo (políticamente) innombrable.

Dictadura y exilio

En Para saber de un poeta la muerte también puede ser el exilio. Eso que aquí se define de una manera inequívocamente poética: “Una forma de muerte que puede reproducirse como larvas bajo una piedra húmeda”. Y más adelante: “Una ausencia que se encarna en recuerdos impostores” Y después: “La muerte sigue nombrándome, aunque ella se rehúse. Presiento su resistencia en esta lejanía siniestra que resuena en mis seres amados, pero por sobre todo en ella”. ¿Acaso no hay una sublimación artística del destierro, de una distancia bonaerense que ya habían sublimado antes, en prosa y en verso, Hérib Campos Cervera, Elvio Romero (a quien está dedicado) y Carmen Soler? Ignoro si los fragmentos del apartado del relato que cito son cuñas autobiográficas, pero en ellos hay escondida una poética del destierro, de la distancia, que es un hermoso poema en prosa enclavado en el cuento más poético. Cómo no.

La dictadura de Stroessner deambula con su coro de sombras en varios cuentos. Tal vez Polibandi sea su síntesis. De aquella, del libro y de este preámbulo exógeno. Allí se dan cita las dobleces que caracterizaron la vida civil bajo el Partido Colorado, la Policía y los militares durante treinta y cinco años. Allí está el pyragüe, como antes estuvo el mitâ rerahaha. El emblema de una sociedad dislocada y corrompida en su falsa identidad, bajo la pedagogía de la delación y del secuestro. Están la infancia y la memoria en ese juego de policías y bandidos. Están la traición y la desaparición. Y la locura de las locuras: El convenido olvido de una infamia. Y un símil postrero que es un resumen de un Paraguay infestado y un estado policial: “De repente, el sonido monótono de los famélicos mosquitos que salen azuzados de los baldíos. Solo ellos infestan la ciudad como los policías tan libremente, sin miedo”.

En “Ningún lugar en el mundo” tiene lugar, paradójicamente, un diálogo chejoviano (repleto de idas y venidas solo en apariencia prosaicas, de dobles intenciones), en donde un fastidioso mozo importuna a una mujer que quiere tomar un café y leer un libro, sola y tranquila.

Además del actualísimo trasfondo social de la anécdota, esta nos recuerda que cuando caiga en nuestras manos Pieles de papel, no debe haber nadie a nuestro alrededor que nos separe de la escritura de su autora, múltiple en los registros de su prosa, en la construcción de las historias. Honesta en la piedad hacia sus personajes.

Liz ha escrito un libro que bien vale la soledad de los lectores y las lectoras.

* El texto es el prólogo del libro publicado por Arandurâ en 2018.


Premios



La escritora nacida en Asunción en 1986 se hizo acreedora del premio Edward y Lily Tuck para la Literatura Paraguaya por Pieles de papel.

Para Liz Haedo los personajes infantiles son medulares, aunque su literatura no esté orientada a lectores infanto-juveniles.

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