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Liam Neeson es Matt Scudder, un ex policía que se dedica a resolver crímenes a cambio de “regalos” (léase: buena paga bajo la mesa). Ambientado en 1999, Caminando entre tumbas tiene, sin embargo, un aire de la década de 1970, no solo por su protagonista solitario, sombrío, inteligente y feroz, sino por su ritmo y atmósfera. La fotografía y la banda sonora ayudan a crear ese tono de misterio típico de los clásicos de una era.
El caso a investigar tiene unos ribetes de terror que la película se dedica a mostrar con cuentagotas para que calen más en la piel las torturas por las que pasan (o pasarán) las mujeres (y sí, no hay lugar para ellas en este relato más que como víctimas). Las connotaciones religiosas que se puedan encontrar no son más que excusas para la perversión de las mentes asesinas, no hay un asidero más profundo.
La trama va tejiéndose con buenos hilos y atrapa la atención, y esta se mantiene a pesar de que (demasiado) pronto se descubre quiénes están detrás de los cruentos crímenes.
Conocido como guionista de varias buenas películas (Minority Report, entre ellas), Scott Frank tomó de base el personaje de las novelas de Lawrence Block y encontró en Neeson al protagonista ideal. Reforzando una vez más el papel de tozudo hombre de acción a pesar de sus años, el actor irlandés tiene en Caminando entre tumbas un personaje que le permite ahondar en matices que las otras realizaciones de acción que lo tienen como protagonista no le dejan espacio para explorar. Su interpretación y la atmósfera creada gracias a una buena factura técnica permiten que esta no sea una película del montón. Más que la trama, es el clima el que deja huellas. Y eso no es poco.