El sábado me pasé la tarde visitando a niños discapacitados de las zonas más empobrecidas del Bañado Sur.
A.C., 2 años, no camina, no habla. L.E., 15 años, parálisis cerebral, no habla, no camina. C.A., 11 años, no habla, no camina. A.M., 4 años, secuelas de meningitis, no se para, ni habla. R.N., 2 años, no camina, no habla, no se sienta.
P.D., 4 años, meningitis, no habla, ni camina. D.M. , 4 años, pesa 7 kilos, no camina, ni habla. A.A., 7 años, meningitis, no mueve brazos, tampoco camina. L.O., 6 años, hidrocefálico. Y así hasta 20 niños de familias de más de cinco hermanos, que viven de lo que sacan del basural de Cateura y que muchas veces comen la carne y el pan y los alimentos que llegan con la basura porque no tienen otra cosa para alimentarse. Algunos pocas veces acuden a centros de rehabilitación. El pasaje de dos colectivos ida y vuelta no pueden pagarlo. Durante el día muchos están solos, porque sus padres trabajan en el basural.
En las visitas me acompañaba un señor del Bañado que no pudo contener las lágrimas. Yo no podía contener la indignación. El Estado dedica solo 23 dólares por persona y año para salud, mientras la media de A.L. (Tercer Mundo) es de 133 dólares por persona y año.
Para dos terceras partes del Paraguay enfermarse significa morir antes de tiempo.
¿Desobedecer para que todo esto cambie, será acaso promover la barbarie, como dice el presidente o son las autoridades las que impusieron esta barbarie?