17 oct 2026

“Las renuncias no son pérdidas, son ofrendas”, la historia del cardenal

Abandonó sus estudios de Economía y se volcó de lleno al sacerdocio. Años después se convertiría en el primer cardenal del Paraguay de la mano de Su Santidad el papa Francisco. Mons. Adalberto Martínez cuenta sobre sus renuncias y el desarraigo.

Adalberto MArtinez_Monseño Adalberto Martinez-.

“Las renuncias no son pérdidas, son ofrendas”, la historia del cardenal.

FOTO: RODRIGO VILLAMAYOR.

Me llamo Adalberto Martínez Flores y nací en Asunción el 8 de julio de 1951. Soy sacerdote y por la gracia de Dios el primer cardenal de este nuestro hermoso país.

El llamado de Dios en mi vida no se dio en un momento único o extraordinario, sino que fue creciendo poco a poco en la cotidianeidad de la vida.

Podría decirse que desde pequeño fui profundamente marcado por el abrigo de mis padres, Aureliano y Esmeralda. Ellos no solo nos cuidaban, sino que también nos transmitían, a nosotros, siendo aún niños, el amor que se tenían, enseñándonos a caminar juntos en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad. Ese testimonio sencillo, pero auténtico, fue una primera escuela de vida y de fe.

FAMILIA

Somos cuatro hermanos –Víctor, yo Adalberto, Óscar y Gustavo–, con quienes crecimos recibiendo de nuestros padres una atención constante, marcada por el sacrificio y una dedicación generosa y compartida.

Por motivos de trabajo de mi padre, tuvimos que trasladarnos de un lugar a otro del país. Él era guarda sanitario, es decir, un servidor de la salud pública dedicado a custodiar, prevenir y cuidar la salud de las personas, especialmente en comunidades alejadas y con muchas necesidades.

Esa misión nos llevó a recorrer distintos lugares del país. Recuerdo particularmente zonas del Chaco y localidades muchas veces olvidadas; Pirizal, en Colonia Ceibo, última parada del tren desde Pinasco, y desde allí después de meses, nuevamente partíamos hacia otros destinos donde mi padre era enviado.

Esta historia itinerante marcó profundamente nuestras vidas y nuestra manera de vivir: No teníamos un lote propio ni contábamos con un techo estable; la tierra y el techo donde nos afincábamos era la concordia familiar, el compartir juntos la mesa y, aunque el pan era escaso, con fe se amasaba la providencia cotidiana de Dios. Mis padres eran también sumamente generosos.

En ese camino, también tuvo un lugar importante mi abuela paterna, Tránsito de la Cruz Barúa. Finalmente, llegamos a Asunción, pasando también por Coronel Oviedo, donde pude culminar hasta el quinto grado, y luego continuar el sexto grado ya en Asunción.

VOCACIÓN

En medio de esta historia fue creciendo en mí una inquietud interior. No fue una revelación repentina, sino una presencia constante de Dios que, poco a poco, fue madurando en mi corazón hasta convertirse en una respuesta confiada en aquel que siento que siempre estuvo presente en mi vida.

Estando en Asunción, y habiendo culminado la secundaria con el bachillerato comercial, ingresé a la Facultad de Economía, donde cursé tres años de esta carrera. Posteriormente, tomé la decisión de migrar en búsqueda de mejores horizontes de estudio y de trabajo.

En cierto modo, el distanciarme de la familia significó un sacrificio real. La separación de los seres queridos siempre implica un desarraigo interior, especialmente cuando la familia ha sido el núcleo que sostiene y da sentido a la vida.

En medio de ese proceso, la fe fue un sostén fundamental porque permitió darle sentido a las renuncias y a los desafíos que iban apareciendo.

Las renuncias no se viven como pérdidas, sino como una forma de entrega que ensancha el corazón. No se trata simplemente de dejar algo, sino de optar por un amor mayor. Así, la renuncia se transforma en libertad interior, en disponibilidad y en capacidad de darse a los demás.

ORDENACIÓN
Mi sí al Señor en el sacerdocio nació como una continuidad y seguimiento de la opción por Dios que había hecho ya mucho antes como joven laico. El sacerdocio se fue perfilando como un estado de vida y ministerio que sentía podía ser mi mejor camino para vivir aquello que ya llevaba en el corazón: El servicio a Dios y a su Iglesia.

Esa disponibilidad de servicio me llevó a asumir responsabilidades dentro de la Iglesia.

Recibí la ordenación sacerdotal de manos de monseñor Sean O’Malley, el 24 de agosto de 1985, en la parroquia La Piedad. Fui ordenado para la Diócesis de las Islas Vírgenes, donde permanecí durante nueve años. Posteriormente, regresé a Asunción, a la parroquia Sagrados Corazones de Jesús y de María.

Desde entonces procuré responder con fidelidad allí donde la Iglesia me necesitara. Fui párroco y desempeñé diversas tareas pastorales que me fueron confiadas.

Los caminos y los designios de Dios son insondables. Nunca me propuse alcanzar determinados cargos o responsabilidades. Cada nombramiento fue para mí una sorpresa, vivida siempre como una llamada del Señor a través de la Iglesia.

Así fui diciendo “sí” cuando fui llamado a ser obispo auxiliar de Asunción, luego primer obispo de San Lorenzo, más tarde obispo de San Pedro, obispo de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional, obispo de Villarrica y Caazapá y, finalmente, arzobispo de Asunción.

Todo ha sido gracia. Uno comprende que no se trata de méritos propios, sino de la confianza que Dios deposita en un servidor para cumplir una misión.

Cuando el papa Francisco decide crear un cardenal para el Paraguay, lo hace pensando no solo en la Iglesia, sino en todo lo que representaba nuestro pueblo, nuestra historia y nuestra cultura para él. Francisco tenía una admiración y un afecto particular por el Paraguay y por los paraguayos.

Cualquier cargo o función de responsabilidad conlleva un peso. Sin embargo, en la Iglesia y a la luz de la fe en Cristo, se trata más bien de asumir una misión que tiene como razón de ser el anuncio del Evangelio y la construcción del Reino de Dios en nuestra sociedad.

Asumimos esa misión sabiendo que somos apenas un instrumento al servicio de ese Reino y que en la Iglesia hay una comunidad de creyentes que asume esa misma misión, caminando juntos, en comunión y participación, y en colaboración con otras Iglesias y personas de buena voluntad.

Nuestra misión es ser una Iglesia al servicio de la vida plena de nuestro pueblo.

MENSAJE

No tengan miedo, confíen, que Dios conduce la vida incluso en medio de las incertidumbres. Que los caminos que a veces parecen difíciles o incomprensibles forman parte de un designio mayor y que vale la pena mantenerse fiel, aún cuando no se ve todo con claridad.

Que Dios bendiga al Paraguay y a todos sus hijos, y que la Virgen María, Nuestra Señora de la Asunción, nos acompañe y nos sostenga en el camino de la fe, la esperanza y el compromiso por el bien común.

  • “En Asunción, y habiendo culminado la secundaria con el bachillerato comercial, ingresé a la Facultad de Economía, donde cursé tres años de esta carrera”.
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