13 may. 2026

LAS DOS CARAS DE LUGO

Más interrogantes

Hay un Fernando Lugo que parece de izquierda.

Es un Lugo que proviene de una activa militancia en la corriente más progresista de la Iglesia Católica, encarnada en la llamada Teología de la Liberación, que alimentó a las comunidades eclesiales de base y se vinculó a la mayoría de los movimientos revolucionarios del continente latinoamericano.

Es un Lugo que ayudó a crear movimientos estudiantiles de clara inspiración socialista, como el grupo de reflexión Monseñor Romero, en los años 80, durante la dictadura. Y que desde su obispado en San Pedro apoyó a las organizaciones campesinas en sus demandas anti-imperialistas, definiendose más de una vez a favor de ocupaciones de tierras o cierres de rutas.

Es un Lugo que desde su decisión de renunciar al sacerdocio y meterse de lleno a la arena política, prohijó la creación del Movimiento Popular Tekojoja, junto a destacados líderes de la izquierda paraguaya, como algunos ex militantes de la Organización Político Militar (OPM), aquel heroico intento de guerrilla contra el stronismo en los duros años ’70, y que hoy enarbolan el proyecto de un socialismo democrático para el Paraguay del Siglo XXI, que entre otros puntos de su programa de gobierno plantean la revolución agraria y se oponen a la privatización de las empresas públicas.

Es un Lugo que sustenta una gran parte de su respaldo político en el llamado Bloque Social Popular, que reune a varias organizaciones sociales y políticas de la actualmente incipiente izquierda paraguaya, como el Partido Humanista, el Partido Frente Amplio, la nucleación de pobladores suburbanos Cobañados, la Asamblea Permanente de Derechos Humanos, la Organización Nacional Campesina (Onac) y las cinco centrales obreras del país.

Pero hay también un Fernando Lugo que parece de derecha.

Es un Lugo que alimenta la creación de movimientos visiblemente conservadores, como Concertación Colorada o Paraguay Posible (dirigido por su hermano Pompeyo), que sostienen posturas anti-izquierdistas y que aglutinan en su seno a algunos personajes de averiada trayectoria política o gremial, incluso con acusaciones de haber estado metidos en casos de corrupción.

Es un Lugo que coquetea abiertamente con el oviedismo, que acude a mirar partidos de fútbol junto al senador Enrique González Quintana, quien fuera procesado por su supuesta participación en los trágicos sucesos del Marzo Paraguayo, a pesar de que hace ocho años el mismo Lugo estuvo en la plaza del Congreso llevando su solidaridad a los jóvenes que fueron víctimas de los ataques de los francotiradores.

Es un Lugo que no tiene problemas en exhibir como su principal asesor jurídico y político al abogado Hermes “Rambo” Saguier, de reconocida ideología neo-liberal y anti-izquierdista, quien siempre fue un tenaz crítico a las luchas sociales campesinas, y que además fue sorprendido in fraganti la noche del 18 de mayo del 2000 en la Caballería, apoyando un nuevo intento de golpe militar del oviedismo contra el entonces gobierno de González Macchi.

Es un Lugo que hoy, en plena campaña proselitista, cuestiona que las marchas campesinas “no sirven para nada”, aunque son las mismas que él, desde sus inicios, había apoyado con tanto entusiasmo.

Vuelvo a sostener lo mismo que sostuve en el artículo del sábado anterior, y que ha provado tantas reacciones de los lectores y lectoras, en contra y a favor, en el blog de últimahora.com.: Fernando Lugo es un fenómeno político, que ha logrado encender nuevas esperanzas de cambio democrático en un amplio sector de la ciudadanía, al convertirse en el primer candidato de la oposición con verdaderas chances de derrocar a la mafia colorada, luego de 60 años de poder absoluto.

Pero también vuelvo a formular la misma pregunta: ¿Cual de los Lugos es el que merece nuestra confianza?

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