Editorial

La tragedia de estar inundados por autoridades incapaces

Los sucesivos gobiernos –nacionales y locales– han sido incapaces de dar una sólida y sustentable respuesta a las inundaciones. En vez de convertirlas en un capítulo superado, las mantienen vigentes como una expresión de antigua y rotunda irresponsabilidad. Por eso es que Asunción se ahoga en una tarde de lluvia y las calles de Pilar se transforman en ríos en cuestión de horas. La situación habla a las claras de la inutilidad de las autoridades, pero también de algo aún más grave: de la incapacidad de los ciudadanos de exigir seguridad a sus gobernantes. En la medida en que se subsanen esos dos males, el agua dejará de ser un monstruo que causa estragos cada tanto.

Desde tiempos de la Colonia Española –y obviamente antes de la misma– los ríos han sido el azote de las poblaciones ribereñas. Las crónicas de antaño retratan con suficiencia lo que sucedía en cada creciente. Los cursos de agua salidos de madre han provocado el éxodo temporal de miles de habitantes asentados en sus orillas que, en general, como un rito ancestral, han vuelto a ponerse a su paso esperando el próximo desalojo.

Han pasado siglos desde que se asentaron las primeras comunidades en la ribera del río, y hasta hoy el Paraguay continúa con el drama que tras el diluvio de la semana pasada y los desastres consecuentes ha vuelto a ser un tema de obligado abordaje.

No ha sido solamente la capital la que sufrió el embate atroz de los raudales que llevaron cuanto encontraron a su paso.

Otras poblaciones también quedaron a merced del agua que entró a las casas, desalojó a la gente, se hizo dueña de rutas, calles y avenidas en medio del dolor y la desolación de la gente. Entre ellas, Pilar fue la más golpeada.

Lo ocurrido no hizo sino poner en evidencia la ausencia de una respuesta esperada desde hace tanto tiempo: la solución del problema de la creciente construyendo sólidos y resistentes blindajes de todo tiempo en las orillas de las ciudades pasibles de ser inundadas.

De que es posible resolver de manera definitiva el drama de las subidas de los ríos lo confirman poblados cercanos al Paraguay en los países vecinos. Miremos los ejemplos. En la Argentina, Formosa tiene un muro de contención que le evita zozobras. Enfrente está Alberdi aún sufriendo el problema. Mientras tanto, a Puerto Murtinho (Brasil), un alto terraplén lo salva de las crecientes. Frente a él, en el lado paraguayo, Isla Margarita y Carmelo Peralta suelen quedar atrapadas bajo agua.

Si ellos fueran capaces de resolver el problema de las inundaciones, no tendrían necesidad de gastar millones de dólares en víveres y otro tipo de asistencia (muchas veces interesada por conseguir votos) cada vez que el nivel del agua sube inmisericorde, lo que significa que en el Paraguay hace rato se podía haber resuelto el problema de raíz si es que hubiera habido voluntad de respuesta definitiva. Al fin de cuentas, lo único que se necesita es una obra de ingeniería a la que no pueda vencer el agua.

El verdadero drama de las inundaciones es un mal menor comparado con la tragedia de ser inundados desde tiempos inmemoriales por políticos, tanto a nivel nacional como local, que no han sido capaces de invertir a favor de la población ribereña. Es una vergüenza que en tantas décadas todavía no se pueda resolver algo que los demás han dejado de lado hace rato.

Solo cuando aparezcan autoridades verdaderamente interesadas en superar la desgracia de sus compatriotas damnificados y ciudadanos que les exijan que cumplan con sus obligaciones acabará el superable drama de las inundaciones.

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