23 ene. 2026

La puerta angosta

P. Víctor Urrestarazu
”… uno le preguntó: Señor ¿serán pocos los que se salven? Jesús les dijo: –Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo. «Señor, ábrenos» y él os replicará: «No sé quiénes sois». Entonces comenzaréis a decir: «Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas». Pero él os replicará: «No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados». Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.”
(Lucas 13,22-30)
Todos los hombres estamos llamados a formar parte del Reino de Dios, porque Dios quiere que todos los hombres se salven. El Concilio Vaticano II ha proclamado: “Pues quienes ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan no obstante a Dios con un corazón sincero, y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con obras su voluntad, conocida mediante el juicio de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna. Y la divina Providencia tampoco niega los auxilios necesarios para la salvación a quienes sin culpa no han llegado todavía al conocimiento de Dios y se esfuerzan por llevar una vida recta, no sin la gracia de Dios”.
En cualquier caso, como nos recuerda Jesús en el Evangelio de hoy, sólo pueden alcanzar esta meta de la Salvación quienes luchan seriamente. El Señor expresa esta realidad de nuestra vida con la imagen de la puerta angosta. San Josemaría se refería a esta situación con las siguientes palabras: “La guerra del cristiano es incesante, porque en la vida interior se da un perpetuo comenzar y recomenzar, que impide que, con soberbia, nos imaginemos ya perfectos. Es inevitable que haya muchas dificultades en nuestro camino; si no encontrásemos obstáculos no seríamos criaturas de carne y hueso. Siempre tendremos pasiones que nos tiren para abajo, y siempre tendremos que defendernos contra esos delirios más o menos vehementes”.
Como en otras ocasiones, Jesús alude a la vida eterna con la imagen de un banquete. Haber conocido a Jesús y escuchado su palabra no es suficiente para alcanzar el Cielo; sólo los frutos de correspondencia a la gracia tendrán valor en el juicio divino: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos; sino aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos”.
En resumen, Jesús declara que todos estamos llamados a la salvación. La única condición que exige es la respuesta libre del hombre a la llamada misericordiosa de Dios. En efecto, como enseña el Vaticano II: “todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo pueblo de Dios. Por lo cual, este pueblo permaneciendo uno y único debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos, para cumplir así el designio de la voluntad de Dios, que en un principio creó una sola naturaleza humana y determinó luego congregar en un solo pueblo a sus hijos que estaban dispersos”.