Opinión

La oleada transnacional de la fe

Alfredo Boccia Paz – @mengoboccia

Hay participación paraguaya entre los ganadores del Premio Ortega y Gasset de este año. Es uno de los premios más antiguos y prestigiosos del periodismo en español, otorgados por el diario El País a los trabajos más rigurosos e independientes publicados en medios de comunicación.

En la categoría Mejor Historia, el galardón fue para la investigación Transnacionales de la fe, una descripción del poder político de las Iglesias cristianas y su agenda fundamentalista en América Latina. En la alianza de 16 medios que desnudó cómo funciona este lobby para diseñar políticas en todo el continente, hay dos reveladores reportajes firmados por la compatriota Jazmín Acuña, de El Surtidor.

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El primero de ellos se sumerge en los vínculos paraguayos del lobby internacional cristiano, demostrando que las periódicas oleadas de conservadurismo radical que de repente invaden los espacios de prensa, los discursos políticos, las homilías y sermones pastorales, los grupos de WhatsApp y todas las redes sociales no tienen nada de casuales. Responden a una extensa telaraña comunicacional que viene reclutando políticos desde hace años y que es aceitada por aportes empresariales. La “ideología de género” es un eufemismo para oponerse a toda demanda de igualdad de género y de no discriminación a la diversidad sexual. Su influencia ha dado sus frutos en varios países.

En Paraguay, la investigación cita actores políticos, principalmente de los partidos Colorado y Patria Querida, que comparten estrategias para defender el ideal de Dios, patria y tradición.

El otro artículo se dedica a Miguel Ortigoza, pastor evangélico del Centro Familiar de Adoración, uno de los hombres claves en la conexión de la coalición de organizaciones pro vida, y un influyente grupo estadounidense llamado Capitol Ministries, dedicado a “convertir en discípulos de Cristo a políticos de todo el mundo”, como reza su lema. Su pastor principal, Ralph Drollinger, dirigía un grupo de estudios de la Biblia en la propia Casa Blanca durante la era de Trump.

Nada es casual en estos picos de fanatismo religioso. Recurren a curiosos conceptos, como “marxismo cultural”, una teoría conspiratoria que asegura que en el feminismo, la multiculturalidad, el ateísmo y las demandas de igualdad de género y no discriminación, hay un complot marxista para subvertir el sistema capitalista.

Esta pobre construcción intelectual disimula la voluntad de negar derechos. Y les ha funcionado. En el pasado reciente se opusieron al pacto global de migración, a la ley de paridad democrática, a la educación sexual integral en las escuelas y a cualquier iniciativa legislativa que contenga la palabra “género”. La actual campaña de desinformación contra el Plan Nacional de la Niñez y la Adolescencia no es más que otro de los jalones de esta estrategia de manipulación y restricción de derechos.

En casi toda Latinoamérica fueron las Iglesias evangélicas las portadoras de este nuevo moralismo reaccionario, lo cual tuvo implicaciones sociales y políticas, dado su crecimiento considerable en las capas más pobres. Eso no ocurrió en Paraguay, el país con el mayor porcentaje de población católica del continente, donde los curas ya eran dueños de todas las banderas conservadoras.

Los evangélicos hicieron las paces con su rival histórico enfocándose en un tema en el que coinciden: la sexualidad. Ambos cleros realizan un eficaz lobby con políticos de partidos de derecha, donde sus peticiones son bien recibidas, pues significan votos populares.

Esta excelente publicación premiada en Madrid deja al descubierto la trama ideológica que hay detrás de muchos grupos pro vida y pro familia que, actuando probablemente de forma cándida, son manipulados desde mucho más arriba. Leála, porque hay varios nombres paraguayos nada cándidos.

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