Por Andrés Colmán Gutiérrez
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No, claro. No eran los hiper-tecnológicos “marines” (infantes de marina) y comandos al estilo Rambo, lanzados al asalto sobre Irak o Afganistán, como antes lo hicieran sobre Granada, Santo Domingo o Panamá. Tampoco eran los rubios e impasibles agentes de la CIA que Tom Clancy retrata en sus libros como adiestrados asesinos al servicio del imperio. Ni siquiera eran como el torpe e improvisado espía yanqui que el autor británico Graham Greene inmortalizó en su clásica novela “Nuestro hombre en La Habana”.
No. Estos eran solamente alrededor de medio centenar de enormes, pesados e inertes bloques de cemento (tan metafóricamente parecidos a muchos políticos paraguayos), que desde hace más de seis años ocupaban media calzada de la avenida Juscelino Kubitschek, desde Mariscal López hasta media cuadra antes de 25 de Mayo, como una presunta franja aisladora de seguridad, al costado del muro de la Embajada de los Estados Unidos en Asunción, privando arbitrariamente a los ciudadanos y ciudadanas del libre desplazamiento por uno de los dos carriles de la calle, atascando el tráfico en las horas pico.
Los bloques se instalaron como una comprensible reacción, luego del horroroso y condenable ataque terrorista de Al Qaeda contra las torres gemelas del World Trade Center, en Nueva York, aquel fatídico 11 de setiembre de 2001, cuando el Gobierno de Estados Unidos estableció que sus representaciones diplomáticas internacionales eran potenciales blancos de atentados. Y en nombre de aquel miedo universal, los asuncenos amanecimos un buen día con una mitad de nuestra tradicional vía pública expropiada o invadida por la nación considerada la mayor potencia del mundo.
Lo sugestivo es la facilidad con que en todos estos años nos hemos ido acostumbrando pasivamente a que la embajada de un país extranjero disponga arbitrariamente de un espacio público que pertenece a todos los ciudadanos, privándonos del mismo en un acto que hasta se puede interpretar como una violación de nuestra soberanía territorial.
En algún momento, el anterior intendente Enrique Riera dio muestras de querer recuperar la libre circulación de Kubitschek, pero apenas la embassy movió sus influencias, se quedó en el molde.
Tuvieron que transcurrir seis años para que el concejal Juan Alberto Radice proponga la liberación de la avenida. Y aunque la Junta Municipal en pleno dictaminó favorablemente, la intendenta Evanhy, en lugar de darle un inmediato cumplimiento, prefirió remitir una diplomática nota a la embajada, que obtuvo la insólita respuesta de que retirar los bloques implicaba nada menos que “invitar a un ataque terrorista”.
Mas allá de que en esta época de alta tecnología bélica resulte irrisorio suponer que unos simples bloques de cemento puedan detener un ataque terrorista, es llamativo que la representación diplomática local del país más poderoso de la Tierra no haya podido, en estos seis años, implementar medidas alternativas de seguridad que no impliquen fastidiar a los ciudadanos con el cierre parcial de una transitada avenida.
Finalmente, en la tarde de ayer la intendenta Evanhy cumplió con su deber y procedió a retirar de la vía pública los dichosos bloques imperialistas.
No nos queda más que aplaudir y celebrar la liberación de la avenida Kubitschek.