08 ene. 2026

La jaula del presidente

Akãpete

La ironía es un arte de pocos. Una característica controversial sobre la que discrepan los estudiosos. Sin importar ese debate, como diría mi finada abuela, póra –así como la ironía– na entéroipe osê.

El presidente Cartes, todos sabemos, no tiene “gracia ni donaire”, tampoco es agudo y menos inteligente con las palabras. Por esa razón, su literalidad travestida de profundo esfuerzo para que lo que diga suene a ironía le resultó para el traste y ahí lo tenemos con sus asesores tratando seguramente de decir que lo que dijo no dijo, para después farfullar que lo que dijo no lo dijo como se dijo que dijo. Enredos absurdos. Como todo pichado –y sabemos que el que se picha pierde–, esta vez molesto con las preguntas y los reclamos de la población ante su afán de convertir el cerro León en empedrado, intentó una salida a lo Superman y terminó huyendo como ratón de alcantarilla:

–¿Qué va a hacer, presidente, con el caso del cerro León?

–Vamos a ponerle una jaula.

Desgraciada respuesta.

La gravedad del hecho que está a punto de convertirse en delito ecológico de ribetes catastróficos –y vergonzoso ante la comunidad mundial– merecía a estas alturas que la propia Presidencia de la República abriera un debate nacional, diera las explicaciones más transparentes y fundamentadas, e impulsara una consulta general a la población y, en particular, a los ayoreo, cuyos miembros en aislamiento voluntario (los totobiegosode) habitan allí.

Y así como a él no le resulta la ironía, a su equipo le son esquivos la sinceridad y el cumplimiento de funciones de Estado. El ministro de Obras Públicas y Comunicaciones –Ramón Jiménez Gaona– salió a decir, ante la andanada de quejas de la población en contra del proyecto de abrir una cantera en el Parque Nacional, que no tocarían nada y que traerían piedra de Bolivia, que hay conversaciones avanzadas. Luego dijo que lo único que desean es hacer un estudio científico en el cerro León para darle otro estatus al lugar, “que está muy abandonado” (por ellos). Más tarde asumió que si hubiera material apto, se extraerá para pavimento.

La mentira, a la larga, terminó recalando en la verdadera intención, convertir una formación geológica milenaria de valor incalculable en empedrado. El ministro del Ambiente (Seam), Rolando De Barros, el más entusiasta en destruir aquel nicho ecológico, no emite sonido. No da explicación de sus actos, como debe ser y sencillamente no aparece. Hoy tendrá en las puertas de su oficina una manifestación ciudadana.

Ahora Jiménez esgrime una ley promulgada por Cartes para echar en gorra al cerro; una que pone linderos “aprovechables” del patrimonio. Con estos antecedentes, tal vez el frustrado sarcasmo presidencial nos sirva para pensar en la posibilidad de que la jaula, por justicia, alcance a estos pájaros y les pida cuentas...

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