Opinión

La (in)creíble paradoja

Blas Brítez

En las primeras diecinueve ediciones de la Copa Libertadores, fueron equipos argentinos, brasileños y uruguayos quienes la ganaron, como lógica consecuencia de una tradición futbolística que les viene del siglo XIX, de la masividad apasionada de su práctica futbolera, de su organización, de su talento.

Hace cuarenta años la ganó el Olimpia de Luis Cubilla y Éver Almeida. Desde entonces, en cada década la gana, por lo menos, una camiseta que no es de aquellos tres países. Fue la esperable consecuencia del desarrollo de la competitividad de ciertos equipos del resto de América, en relación con otros que dominaron la escena anterior a 1979.

Los uruguayos han abandonado ese triunvirato. Desde la caída charrúa, se disputan su sitio otros países, pero la verdad es que, desde los años 80, no hay más triunvirato: la Copa Libertadores es para equipos brasileños y argentinos.

En las últimas dos décadas, la ganaron unos pocos clubes de Paraguay, Colombia y Ecuador. En los últimos diez, solo de Colombia. ¿Qué pasará en el próximo decenio, ahora que han aterrizado los fondos de inversión en Brasil y Argentina?

Treinta años atrás, era más grande el grupo de clubes de otros países que se hacían con el trofeo o peleaban hasta el final. También es cierto que aun cuando hay equipos que, como Estudiantes de La Plata en 2008, han vuelto a la palestra fugazmente, entre los argentinos la Copa también es una cosa privativa de unos cuantos: Boca Juniors y River Plate. En las últimas veinte ediciones, con la excepción del San Lorenzo de Edgardo Bauza, no hay nuevo campeón argentino. Menos aún algo que se parezca al modesto y épico Argentinos Juniors de 1985, de Sergio Batista y Claudio Borghi.

Por el contrario, en Brasil el Internacional gaucho, el Corinthians paulista y el Atlético Mineiro fueron campeones, así como repitieron la gloria São Paulo, Internacional, el Gremio también gaucho y el carioca Flamengo.

La supremacía brasileño-argentina coincide, a pesar de fuertes crisis económicas en ambos países en diferentes años, con el poderío financiero superior de sus clubes tradicionales. Entre estos, como se vio, predominan a su vez los brasileños y sus bancos. Lo que ha gastado el Flamengo para encontrar sucesor a la gesta de Zico y Paulo César Carpegiani en 1981 (formados, dicho sea de paso, por el paraguayo Manuel Fleitas Solich) es escandaloso. Sin embargo, ese dinero de las altas finanzas no se ha podido traducir en la obtención de la Copa Libertadores de este año recién hasta más allá del minuto 90, contra el mecánico y orgulloso River de Marcelo Gallardo.

En la final de Lima —la más agónica desde la citada de 1987, en Santiago de Chile—, una niña y un niño fueron puestos como testigos del sorteo de vallas entre los capitanes. No hicieron nada más que mirar y salir en la foto oficial. No parecían especialmente felices, sino azorados. Estaban vestidos con la publicidad de MasterCard, de pies a cabeza. Fueron reducidos a eso: a ser portadores del mensaje de prosperidad de la banca, para el fútbol y los niños...

Sobre aquella noche santiaguina de hace treinta y dos años, escribió una crónica el gran periodista argentino Juvenal (1923-1998). Aquel artículo en El Gráfico sirve hoy tanto para captar el sentimiento trágico del fútbol (para usar una expresión de Miguel de Unamuno, quien odiaba este deporte), como para volver creíble este juego por lo extraordinario que tiene. Esta paradoja (la credibilidad increíble) no es deshecha por el dinero que torna previsible todo.

Escribió Juvenal sobre el partido definido a los 119 minutos: “A 24 horas de ese momento, repaso lo ocurrido, vuelvo a vivirlo y reafirmo el concepto inicial: el fútbol es único”. También: “Son esos momentos únicos, vibrantes, inolvidables, que solo ese juego apasionante y hermoso que es el fútbol puede brindar en plenitud”.

Esos que el fútbol millonario, raramente, no empobrece.

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