Con el agua por arriba de las rodillas, Eliodora Benegas va y viene bajo la llovizna, por la calle-río que pasa frente a su vivienda, en el barrio Roberto L. Petit de Asunción. Esa misma casa que construyó hace 20 años con sus propias manos, ladrillo a ladrillo, y que ahora se ve obligada a abandonar. Es dura la tarea de juntar desordenadamente –porque no hay mucho tiempo– todas las pertenencias que se pueda, y sacarlas en bolsas y cajas, huyendo como un ladrón.
No es la primera vez que esta mujer de 62 años vive esta situación y sabe todo lo que significa inundarse y empeñarse en quedarse: estar sin luz (o con ella pero bajo riesgo de electrocución), a merced de saqueadores nocturnos, tolerando el frío desde la humedad, y con todo tipo de enfermedades y otros peligros nadando en el líquido turbio. “Tengo miedo del agua. No es para jugar”, advierte.
Que si muchas familias de esas zonas ribereñas ya fueron reubicadas en otros lugares, que si volvieron a vender sus casas para volver allí, que si la culpa es de ellos por ubicarse en ese sitio, que si es del Gobierno porque se los permite y porque no implementa una solución definitiva e integral para este problema cíclico. A Eliodora esos comentarios no le van ni le vienen. Su casa le pertenece y ella solo sabe que tiene que irse, buscar otro lugar donde instalarse con sus hijos y sus nietos, armar una choza con paredes terciadas y chapas, y aguantar hasta que baje el río para volver a empezar con lo que haya sobrevivido al poder destructivo del agua y las rapiñas.
Culpemos a la lluvia
Hace más de 10 años que algo así no sucedía en Asunción. Ahora, el nivel del río llegó a 7,15 metros (hasta el cierre de esta edición), y esa situación está afectando a más de 46.000 familias en todo el país, que tuvieron que ser evacuadas y están viviendo en casitas transitorias en plazas, parques, paseos centrales, calles laterales y campamentos improvisados.
Valores similares de crecida solo se vieron en el 93, en el 82 y en el 71, según Julián Báez, director de Meteorología de la Dirección Nacional de Aeronáutica Civil (Dinac). “No es una altura que se ve todos los años. Y aunque está dentro de lo esperable cada cierto tiempo, no es lo normal”, resalta.
¿Qué fue lo que sucedió esta vez? Aunque suene a excusa, podemos culpar a la lluvia. “El aumento del volumen de precipitaciones en la zona del Pantanal, donde tiene su naciente el río Paraguay, provoca un incremento de los niveles del caudal del río Paraguay en todo su curso”, argumenta el meteorólogo.
Pero hay más agua que corre bajo el puente: también se dio un exceso de precipitación en la cuenca media, que está comprendida entre los ríos Apa y Pilcomayo, particularmente en los departamentos de Presidente Hayes, Alto Paraguay, Amambay, Concepción y San Pedro. Solo en el mes de mayo, cayeron 400 milímetros de más. Es decir, cuatro veces el nivel esperado en la región, puntualiza el meteorólogo.
“Entonces, tenemos por un lado exceso de lluvias en la cuenca del río Paraguay, y por otro, en el caudal del Paraná, lo que a su vez incide directamente sobre el río Paraguay, porque actúa como una presa natural. La combinación de todo esto es lo que está generando la situación que se vive”.
Es que la variabilidad climática se está manifestando a través de varios síntomas. Uno de ellos es la lluvia. “Los eventos de precipitaciones son cada vez más intensos y focalizados. Por ejemplo, en enero, hemos tenido en la zona de Fuerte Olimpo 230 milímetros de lluvia en una sola noche, que es el doble de lo que suele llover allí en todo un mes”, ejemplifica Báez.
José Luis Ávila, gerente de Navegación e Hidrología de la Administración Nacional de Navegación y Puertos (ANNP), lo reafirma. “El nivel de lluvias superó ampliamente los valores normales. En estos últimos días, por ejemplo, cayeron 100 mm, cuando lo normal para todo junio es 75 mm. Y cuando el suelo está húmedo, casi toda el agua que cae va directamente al río”, explica.
En el mismo barco
Ya hace un mes que María Angélica Flores (56) está viviendo en un campamento para damnificados, instalado en el paseo central de la avenida 21 Proyectadas. Ella “subió” desde el barrio Santa Rosa de Lima (Bañado Sur). Ahora intenta guarecerse de una tenaz llovizna bajo un precario techo de eternit que cubre su actual dormitorio/sala/cocina/comedor. Su casa, al fin.
Se queja de la insuficiente ayuda que han recibido. “Para levantar estas dos piecitas, necesitás 40 chapas y 35 terciadas. A mí me dieron tres terciadas y cinco chapas nomás, que encima no valen, porque se mojan y empiezan a romperse. Nosotros tuvimos que comprar las otras”. En su nuevo “barrio”, tuvo que aprender a convivir con nuevos vecinos, con quienes debe compartir el grifo de agua, el baño y el “patio”. “Uno termina de hacer su casa y después colabora con el otro. Estamos todos en el mismo barco, tenemos el mismo problema y debemos ayudarnos. Hay que llevarse bien con todos”, reflexiona.
Según datos de la Secretaría de Emergencia Nacional (SEN), en todo el país hay 46.217 familias afectadas por las inundaciones –hasta el cierre de esta edición–. Asunción es la zona más afectada, con 15.560 familias damnificadas. “Lo que más nos preocupa son aquellas que quedaron aisladas en la zona de Presidente Hayes y Alto Paraguay, porque con las intensas lluvias los caminos se cortaron y no podemos llegar a ellos por vía terrestre, solo con ayuda de helicópteros. Pero las lluvias nos dificultan mucho el trabajo. Nos obliga a rediseñar la logística de la asistencia”, explica Aldo Saldívar, director de Operaciones.
El trabajo de evacuación implica el desarmado de las viviendas, el traslado de las pertenencias, la ubicación de un sitio para el asentamiento de las familias y el montaje de una nueva casa precaria. Además, el mantenimiento posterior de los afectados, en lo que respecta a la ayuda alimentaria y la instalación de los servicios vitales como agua potable, servicios sanitarios, electricidad y salud.
Solo en Asunción, se instalaron 108 albergues, refugios o establecimientos temporales de viviendas debido a la crecida, según datos de la SEN.
Solución definitiva
La crecida del río –que es cíclica– no afecta solo a las familias que viven en zonas inundables, sino que también impacta en la sociedad en general, porque implica millonarios gastos para la evacuación y posterior mantenimiento de las familias, así como el operativo retorno. Además, trae aparejados costos medioambientales, por el hecho de que se habitan espacios que no están preparados para ello y, por lo tanto, no cuentan con desagüe cloacal, servicios sanitarios y de disposición de basura.
Ya en 1997, la Municipalidad de Asunción había aprobado el Plan Maestro de la Franja Costera, que contemplaba una solución integral y definitiva al problema. Algunos de los componentes se realizaron, como la construcción de la avenida Costanera, el Parque Costero del Bicentenario (en ejecución) y la relocalización de más de 400 familias de pobladores de la zona. Sin embargo, pese a que el BID aprobó el proyecto y puso fondos a disposición para ejecutarlo, no se concretó totalmente por diversos motivos, fundamentalmente políticos.
El arquitecto Gonzalo Garay, uno de los impulsores de aquel proyecto, propone reactivar la Alianza Ciudadana para la Franja Costera de Asunción, organización civil sin fines de lucro creada en el año 2006 e integrada por organizaciones sociales, gremiales y empresariales.
Desde su cuenta de Facebook, Garay opina que llegó el momento de buscar una solución definitiva y sostenible para el tema de la Recuperación y Desarrollo de los Bañados y Costas de Asunción. “Estamos seguros de que Asunción puede y debe entrar al siglo XXI como corresponde. Basta de inundaciones”, resalta. Actualmente, la ejecución –completa– del Proyecto Franja Costera depende del presidente de la República, del Congreso Nacional, del intendente de Asunción y de la Junta Municipal, según el arquitecto.
Oscurece. En su choza del campamento de damnificados, María Angélica apura el fuego del brasero para preparar la cena: mandioca frita con huevos y queso. Y cuenta resignada: “Dicen que un año por ahí vamos a estar todavía acá. Vamos a pasar Navidad, Año Nuevo, Reyes, Semana Santa. Todo”. Y así será muchas veces más, mientras no se tomen las medidas que se tienen que tomar para que el río deje de ser el enemigo y se convierta en aliado.
Texto: Silvana Molina
Fotos: Javier Valdez.