América Latina heredó muchas virtudes de España, pero también varios de sus defectos ancestrales. La envidia, el descrédito al capaz y fascinación con los charlatanes son debilidades humanas, es cierto, pero en la Madre Patria exacerbados. Como dignos hijos de esa parte del mundo, les hemos agregado la figura del caudillo, elemento fascinante de la vida política ibérica y de sus invasores, los árabes. De ahí venimos y así somos. Nos encantan los del verbo encendido, que, aunque nos mientan, obran el milagro de vendernos una pomada absolutamente inútil, pero suficientemente eficaz con la culebra y el verbo.
Chávez representa claramente todo lo anterior. Demagogo, cínico, incoherente... capaz de utilizar a Dios y al diablo en función de sus intereses, que no pasan de seguir gobernando un país rico, pero con una población pobre. Si tuvieran los venezolanos algo de racionalidad, tendrían que preguntarse por qué los 700.000 millones de dólares facturados por PDVSA en los últimos 10 años no produjeron la prosperidad que se dieron en otros países de características similares, incluso entre nuestros ancestros los árabes, que tienen hoy en Qatar un ejemplo contundente. Venezuela tiene casi 20.000 asesinatos por año, lo que demuestra que no hay que vestir uniforme militar y cargar condecoraciones para acabar con la violencia que desangra a ese país, y muy especialmente entre los votantes consuetudinarios del teniente coronel que vino para castigar a los partidos políticos y ha castigado las ansias de progreso de toda una generación. Los venezolanos votan hoy por continuar con lo mismo o pegar un golpe de timón con Capriles.
Un enfermo Chávez ha colocado la elección de hoy -como siempre- en términos apocalípticos, para no dejar que a nadie que reciba algo del Estado se le ocurra por un instante de debilidad pensar o razonar. Su argumento es que si lo botan de la presidencia, todas esas “conquistas sociales” dejarán de ser tales y volverán a vivir sin ese algo que les daba la sensación de no vivir en la miseria. Este país, que fue el primero que conocí en mi vida fuera del Paraguay, vivía en la fiesta caribeña perpetua en 1979, regalando a manos llenas lo que tenía en abundancia: el petróleo. Su riqueza es hoy su condena, como los nigerianos y otros países víctimas de lo que se denomina “la enfermedad holandesa”, entre los que se cuenta el Paraguay y su pésimo servicio de electricidad permanentemente cortado y sin capacidad de multiplicar ingresos.
Pobre Venezuela, tan cerca de la riqueza para todos, pero tan lejos de políticos eficaces, honestos y probos. Si fueran por lo menos coherentes, ya ganarían muchos. Chávez, el que con voz tronante condena a los EE. UU. y los “pitiyanquis” locales, no es más que un obediente cumplidor del trato comercial con el “imperio”, donde tiene más de 3.000 gasolineras y refina buena parte del crudo en Luisiana. Eso poco importa para los pueblos como el venezolano o el nuestro, donde el discurso oportunista, vocinglero y placero genera tanto interés y fascinación. Aquí tenemos unos cuantos como ejemplos; otros que se fueron recientemente, pero varios que aspiran a convertirse en los demagogos fascinantes con los que el pueblo miserable se solaza en aplausos y vítores.
Para cambiar esto no hay otro camino que la educación. Pero aquella que en serio enseñe a distinguir un demagogo de un anagogo.