Opinión

La democracia amenazada

Alberto Acosta Garbarino Por Alberto Acosta Garbarino

El momento actual que vive el mundo es de una enorme confusión e incertidumbre, debido a una pandemia que no termina, a una guerra en Ucrania con riesgos nucleares, a un cambio climático que amenaza a la humanidad como especie y a un enfrentamiento por la supremacía entre Estados Unidos y China.

Debido a todos estos problemas globales, pero también por los graves problemas internos en cada país, la democracia liberal como la conocemos en occidente, hoy se encuentra amenazada.

Para entender el presente tenemos que hacer un breve viaje por la historia y recordar que en la Segunda Guerra Mundial se enfrentaron tres ideologías diferentes: La democracia liberal de Estados Unidos e Inglaterra, el comunismo de la Unión Soviética y el fascismo de Alemania e Italia.

En esta guerra fue derrotado el fascismo, pero se dio inicio a un periodo llamado de guerra fría, donde se enfrentaron a nivel mundial la democracia y el comunismo.

Este enfrentamiento culminó en 1989 con la caída del muro de Berlín y el desplome del comunismo. En ese momento algunos proclamaron el “fin de la historia” porque creían que habían triunfado definitivamente, la democracia en lo político, el libre mercado en lo económico y los Estados Unidos como la gran superpotencia global.

La política exterior de esta superpotencia fue impulsar en el mundo la democracia, el libre mercado y la globalización. Muchos países de América Latina donde gobernaban dictaduras militares nacionalistas y anticomunistas, se vieron presionados a hacer una transición hacia la democracia.

Esa democracia llegó a nuestros países con una expectativa desproporcionada; “con la democracia no solo se vota, sino también se come, se cura y se educa”, decía Alfonsín en 1983.

En los primeros años, la amenaza a la naciente democracia fueron los golpes de Estado provenientes de sectores militares, pero actualmente la amenaza a la misma es el desencanto de mucha gente con sus resultados: La pobreza extrema sigue siendo alta, las desigualdades sociales se han incrementado y la inseguridad es cada vez mayor. A estos ya graves problemas debemos sumarles los mundiales de la pandemia, el narcotráfico y el cambio climático.

Como consecuencia de este desencanto y de los dramáticos problemas globales, las actuales amenazas a la democracia se manifiestan en: El nacionalismo extremo, el racismo y el proteccionismo, que nos llevan a la polarización, al enfrentamiento y a dividir a la sociedad entre amigos y enemigos.

Este escenario de tantas demandas se está viviendo dentro de un sistema democrático cuya esencia es la división e independencia de los poderes ejecutivos, legislativos y judicial, la limitación del mandato presidencial, la creación de instituciones de control y finalmente una prensa libre.

Este esquema de controles y contrapesos evita la aparición de un dictador, pero hace mucho más complejo y difícil gobernar y tomar decisiones rápidas.

La amenaza más importante que hoy tienen los sistemas democráticos son los presidentes con aspiraciones hegemónicas. Esta hegemonía la consiguen ganando las elecciones y luego modificando las reglas para limitar a los otros poderes del Estado, para permitir la reelección indefinida del presidente, para limitar a la prensa libre, etc.

Esto es lo que hicieron Chávez y Maduro en Venezuela, Ortega en Nicaragua, Erdogan en Turquía y Putin en Rusia. Esto lo intentaron o siguen intentando Cristina en Argentina, Evo en Bolivia y en nuestro país Nicanor y Cartes.

Los que creemos que la democracia, con todas sus imperfecciones, es el único sistema que respeta nuestros derechos y nuestras libertades y que hace posible una vida digna para todos, tenemos la obligación de defenderla.

Antes temíamos un repentino golpe de Estado, ahora debemos temer no darnos cuenta de la erosión gradual de las instituciones de la democracia y de un avance también gradual, pero sostenido de la autocracia.

Tenemos que estar muy atentos para frenarlos a tiempo.

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