Opinión

La deliciosa hipocresía de la cultura

Blas Brítez

Hace un tiempo, mi hermana me escribió desde Estocolmo, en donde había estado por primera vez: “Ahora entiendo por qué Lisbeth Salander comía siempre en 7Eleven: Hay uno en cada esquina —exageró—. Todo el mundo come allí. Caminé un montón para comprar alimentos de verdad”.

Se refería a la heroína de la trilogía Millenium (2003) de Stieg Larsson, memorable personaje que se mete comida chatarra como un mero acto reflejo sin demasiada importancia, antes de seguir investigando, de seguir trabajando, en una Estocolmo solo en aparente calma, inmersa en una subterránea pesadilla.

El acto de comer suele pasar apenas percibido en las obras literarias, pero, incluso cuando se trata de papas fritas, su correspondencia con las historias de la literatura es, paradójicamente, muy visible: comer es más viejo que escribir y leer, pero desde que pudimos realizar estos actos fuimos capaces de registrar también qué hemos comido para seguir viviendo (o para seguir matándonos con la comida, como dicen que hizo Shakespeare).

Si habremos de tomar un nombre de la literatura contemporánea en castellano (y de cualquier literatura, tal vez), para mostrar cuán imbricada puede estar la gastronomía con ella, ese nombre será el de Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003). Fue un tipo de escritor de los que quedan cada vez menos. Uno que, sin desdeñar los códigos de la alta cultura, tenía a la vez una curiosidad antropológica de la vida simple; tenía una calle y una erudición que lo hicieron un periodista poliédrico y un escritor de registros amplios. Lo mismo podía escribir sobre las mezquindades de la política de cualquier tiempo, los burdeles de Ámsterdam o la cocina tailandesa. Con conocimiento de primera mano, siempre.

Hay una dimensión política en su obra, pero también hay otras, acaso más extendidas y, finalmente, expresivas de sus ideas sobre las sociedades contemporáneas y las personas. Esa dimensión aglutinadora, según el principio platónico, podría ser la gastronomía, que para el autor de Contra los gourmets tiene la ventaja de demostrar diariamente nuestras dobleces. “La cocina es una metáfora ejemplar de la hipocresía de la cultura, porque se basa en un asesinato previo, sea de una alcachofa o de un jabalí, asesinato enmascarado gracias a la cultura, gracias a la práctica culinaria. Si el comensal muerto de hambre arrebatara la vida de un animal o de una planta y comiera los cadáveres crudos, sería señalado con el dedo como un monstruo capaz de bestialidades estremecedoras. Pero si trocea el cadáver, lo marina, lo adereza, lo guisa y se lo come, su crimen se convierte en cultura y merece memoria”.

Estos actos últimos, ese crimen de los guisos, hacen del detective Carvalho un artífice y un testigo calificados de la práctica gastronómica y de sus ritos a lo largo del mundo, siempre en novelas policiales que lo que desentrañan es, precisamente, crímenes: los de la violencia contra nuestra propia especie, los de nuestra propia violencia. No los de la exquisita y corriente alimentación humana, todavía un derecho no diseminado por todo el orbe ni mucho menos.

Hace cinco años, la literatura (es un decir) puso en el mercado un producto en polvo —diseñado por un ingeniero de Silicon Valley— que dice tener las vitaminas, las proteínas, los minerales, las sales y los nutrientes que necesita el cuerpo de un adulto: Soylent. Extrae su nombre de una olvidada novela distópica de Harry Harrison, Make Room! Make Room! Está orientado al mundo del trabajo: mezclarlo con agua, bebérselo de un sorbo y seguir trabajando hasta morir. Ocupa un escalón visiblemente más arriba que la comida chatarra de Lisbeth Salander en materia de abúlico acto reflejo al estímulo del hambre. A pesar de denuncias de contenido de plomo y cadmio, se sigue comercializando y pretende anunciar el fin de la gastronomía laboral como la conocemos. Sería solitaria y fugaz, acorde a las necesidades del capital.

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