El cambio al frente de la cartera no soluciona la problemática de fondo, pero demuestra el impacto del hartazgo ciudadano. La crisis de salud es también una crisis política, que golpea al gobierno del presidente Mario Abdo Benítez, en gran parte responsables de que la población esté sufriendo una de las peores crisis sanitarias.
El principal fracaso está en no haber invertido adecuadamente en mejorar los hospitales y centros sanitarios, a pesar de contar desde el inicio de la pandemia con un fondo de emergencia aprobado por el Congreso por 1.600 millones de dólares, como de prever un stock suficiente de medicamentos esenciales para enfrentar los momentos críticos, y sobre todo de no haber realizado las gestiones internacionales para que el Paraguay no sea uno de los últimos países de la región en contar con la dosis suficiente de vacunas contra el coronavirus.
Los reiterados testimonios de los familiares de los pacientes internados en terapia intensiva, así como los de los médicos, enfermeros y trabajadores de la salud, que se difundieron a través de los medios de comunicación en los últimos días, sobre todo en el principal bastión de combate contra la pandemia, como es el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias y del Ambiente (Ineram), han resultado realmente conmovedores.
Muchos de ellos desmienten el discurso oficial y principalmente la versión surrealista del presidente Abdo Benítez de que “Paraguay tiene uno de los mejores sistemas de salud del mundo”. También han resultado particularmente ofensivas algunas acusaciones, como la del viceministro de Salud, Julio Rolón, quien insinuó que sus colegas reclamaban solo para tratar de obtener protagonismo.
Ante el cinismo gubernamental, gran parte de la ciudadanía tiene razón en estar indignada, expresando su repudio en las sucesivas manifestaciones públicas, exigiendo la renuncia de las autoridades del sector, como también lo hizo el Senado en una declaración aprobada el jueves.
Al margen de la mala gestión y de la escandalosa corrupción que sigue impune, una gran parte de este alto pico de contagios alcanzados a un año de iniciada la crisis, se debe también al relajo en los cuidados en que ha caído un importante sector de la ciudadanía, por diversos motivos.
Más que nunca, hay que retomar las medidas de protección: quedarse en casa lo más posible, usar mascarillas, lavarse las manos y desinfectarse, guardar el necesario distanciamiento físico con otras personas, no realizar reuniones sociales que impliquen riesgos de contagio, entre otras medidas, siguen siendo las claves para tratar de evitar ser contagiado.
Hasta que gran parte de la población pueda vacunarse —lo cual no ocurrirá en un tiempo muy cercano— cumplir con estas medidas de protección sigue siendo la mejor y quizás la única manera de cuidar nuestra propia salud y de cuidar a los demás.