La Costanera enfrentó a la capital con un problema que hasta hace unos días los intendentes, concejales y demás autoridades escondieron bajo la alfombra: la Chacarita, esa parte olvidada de Asunción que creció caóticamente, albergando a gente casi enterrada por su Municipalidad. La Comuna nunca se preocupó demasiado en hacer obras de infraestructura para las miles de familias que hoy en día viven ahí.
El barrio Ricardo Brugada, así como tantas otras zonas de la periferia asuncena, quedó marginado y sus pobladores, excluidos. Solo eran noticia en cada inundación, en cada asalto a un turista, en cada allanamiento, en cada campaña electoral.
Ahora, tantos años de indiferencia pasan factura. Los primeros delitos ocurridos en la nueva avenida Costanera –cometidos en su mayoría por adolescentes e incluso niños– impusieron un debate sobre el populoso barrio.
Día a día, profesionales, estudiantes, funcionarios públicos y trabajadores de toda índole salen de los pasillos para darle lucha a la miseria con el sudor de sus frentes. Además deben lidiar con la acuciante inseguridad en la zona, que es innegable y responde a diversos factores sociales. Ellos merecen el mismo respeto que los pobladores de los barrios más caros de Asunción. Cualquier discusión sobre la problemática debería partir de esa base. Es necesario aclarar este último punto luego de haber leído una sorprendente cantidad de opiniones cuasi fascistas sobre el tema en las redes sociales.
La Chacarita, quiérase o no, es uno de los símbolos de Asunción, una ciudad cuya desigualdad queda evidenciada en las precarias viviendas y pasillos ubicados al lado del Congreso, la Catedral Metropolitana y, hasta hace unos años, el mismo Palacio de López. José Asunción Flores, quizás el músico paraguayo más importante de la historia, nació ahí. La casa familiar en Punta Karapá del creador de la guarania es un obligado punto a conocer para cualquier interesado en la historia de la capital. De igual manera, Soy de la Chacarita, de Maneco Galeano, con los años se convirtió en una suerte de himno asunceno que cruzó fronteras.
El desafío que plantea la Costanera es que la parte baja del centro asunceno conviva con el resto de la ciudad. Para esto es necesario despojarse de prejuicios y que las autoridades finalmente se fijen en los chacariteños, pero no solamente para pensar en dónde “reubicarlos”. Esta solución, planteada por sectores empresariales que miran con hambre a la renovada bahía asuncena, se parece demasiado a lo mismo que el Estado viene haciendo desde hace décadas con la Chacarita: no atacar al problema de fondo y seguir ocultando e ignorando a la pobreza, a ver si así algún día desaparece mágicamente.