13 ago 2026

La comunión sacramental

Llegó un leproso a donde estaba Jesús, se postró de rodillas, y le dijo: Si quieres puedes limpiarme. Y el Señor, que siempre desea el bien nuestro, se compadeció de él, le tocó y le dijo: Quiero, queda limpio. Y al momento desapareció de él la lepra y quedó limpio. “Aquel hombre se arrodilla postrándose en tierra -lo que es señal de humildad-, para que cada uno se avergüence de las manchas de su vida.

Pero la vergüenza no ha de impedir la confesión: el leproso mostró la llaga y pidió el remedio. Su oración está además llena de piedad: esto es, reconoció que el poder curarse estaba en manos del Señor”. En sus manos sigue estando el remedio que necesitamos.

El Señor nos da en la Sagrada Eucaristía, a cada hombre en particular, la misma vida de la gracia que trajo al mundo por su Encarnación. Si tuviéramos más fe se realizarían en nosotros los mismos milagros al contacto con su Santísima Humanidad: en cada Comunión nos limpiaría hasta lo más profundo del alma de nuestras flaquezas e imperfecciones. ¡Haz que yo crea más y más en ti! , nos invita a clamar, a suplicar interiormente, el himno eucarístico.

Si acudimos con fe, oiremos las mismas palabras que dirigió al leproso: Quiero, sé limpio. Otras veces veremos cómo se levanta ante las olas, como en Tiberíades, para apaciguar la tempestad.

Y en el alma se hará también una gran calma, se llenará de paz.

“Cristo es el pan de vida. Y así como el pan ordinario está en proporción al hambre terrenal, así Cristo es el pan extraordinario proporcionado al hambre extraordinaria, desmedida, del hombre, capaz, más aún, inquieto por abrirse a aspiraciones infinitas... Cristo es el pan de vida. Cristo es necesario a todos los hombres, a todas las comunidades”.

Sin Él, no podríamos vivir.

(Frases extractadas del libro Hablar con Dios de Francisco Fernández Carvajal)