El asesinato de un distribuidor de facturas de la ANDE en el núcleo poblacional conocido también con el nombre genérico de Ricardo Brugada hizo que los medios informativos - y la ciudadanía, por lo tanto- le prestaran atención al olvidado asentamiento arrinconado junto al río Paraguay.
La pobreza es la identidad más visible de la comunidad. Las precarias casas, la humedad permanente, los pasillos utilizados como calles y la amenaza de inundación constituyen su rostro externo. A ese ambiente hay que agregar el perfil humano: bajos o nulos índices de escolaridad, ingresos insignificantes, promiscuidad, falta de preparación profesional, altas tasas de trabajo infantil, mujeres jefas de hogar y desprotección sanitaria.
Lo que completa la situación de la Chacarita - cuya población, estimada en el 2005 en unas 50.000 personas, va en aumento por la incorporación de nuevos habitantes en las zonas libres de agua- es la presencia de delincuentes que operan directamente en el barrio o se refugian allí luego de cometer asaltos callejeros en Asunción. Muchos de los transgresores de leyes son drogadictos que cometen delitos para solventar su adicción.
Debido a la inacción policial - la comisaría de la jurisdicción es considerada por los lugareños como protectora de los malvivientes, sin cumplir su rol de brindar seguridad- , el submundo de los marginales aumenta su poder al punto de conseguir una zona liberada. Un minúsculo grupo pone en jaque a la mayoría, que a la noche se encierra en sus domicilios para evitar la exposición al peligro de ser saqueada, herida o asesinada.
Los chacariteños que desean vivir en paz y tranquilidad han tomado conciencia - luego del asesinato del empleado de la ANDE- del drama que viven y han decidido organizarse y hacer una marcha contra la violencia el próximo domingo, día de la patrona de la comunidad.
Ese inusual gesto que parte de la certeza de que solo un movimiento colectivo logrará comenzar a mejorar la situación merece el respaldo de todos los que están hartos de soportar callados la zozobra. Ellos merecen vivir seguros y libres de la persecución de los inadaptados. No deben quedar, sin embargo, en esa primera medida: hace falta que exijan a la Policía que les proteja con eficacia las 24 horas.
Tomando como bandera de lucha la seguridad, es necesario que vayan más lejos aún y exijan al Gobierno atención a sus problemas sociales. Como viven tan cerca de los escenarios del poder, pasan desapercibidos. Esa ceguera debe terminar.
Todo hace pensar que la Chacarita está despertando de su silencio. De sus líderes y habitantes dependerá que la efervescencia circunstancial sea capitalizada en beneficio duradero de los que también tienen todo el derecho del mundo a vivir con dignidad.