Opinión

La catástrofe

Brigitte Colmán – @lakolman

Los pronósticos eran catastróficos.

Hace casi un año poco se sabía del coronavirus y menos aún de cómo cuidarse de él. A medida que se fue extendiendo a lo ancho del planeta, y finalmente recaló en este pequeño rincón del mundo, el temor y el miedo crecieron también.

Muy pronto pudimos ser testigos de la manera en que el coronavirus arrasaba los sistemas de salud de países desarrollados.

Aquellas fotografías de largas filas de camiones militares transportando ataúdes en Bérgamo, Italia; y poco después los videos que llegaron desde Guayaquil, Ecuador, que mostraban cadáveres siendo retirados de las casas, aquellas imágenes eran en aquel momento una posibilidad muy cercana.

Entonces entramos en cuarentena, se contrajeron deudas supermillonarias, por un fugaz instante se llegó a hablar de la reforma del Estado; se frustraron un par de intentos de robar al Estado, pero nadie fue a la cárcel, ni siquiera por haber retrasado la llegada de insumos tan urgentes.

Encuarentenados, con miedo y con la certeza de que el país no cuenta con suficientes camas de terapia intensiva enfrentamos la crisis como pudimos.

Pensamos que el mundo iba a cambiar, pensamos que de esta íbamos a salir mejor personas, que todos querrían vivir en ciudades más silenciosas, sin tanta contaminación, en un mundo con calidad humana. Pensamos que, de una vez por todas, el Gobierno iba a invertir en salud y en educación, y a tener como prioridad el bienestar del pueblo.

Pero pasaron cosas.

Hoy, a casi un año del inicio de la pandemia que paralizó al mundo, en Paraguay la cifra de fallecidos por Covid-19 supera los 3.000. Un dato que afortunadamente termina por contradecir todas las proyecciones catastróficas que teníamos al inicio.

El director de Vigilancia de la Salud, el doctor Guillermo Sequera, dijo recientemente a ÚH que las estimaciones sobre el número de decesos, al principio, hablaban de una calamidad. Que el impacto en el país podía haber sido catastrófico, si el número de contagios se duplicaban muy temprano, y si la pandemia sorprendía a Paraguay sin conocer mucho sobre la enfermedad, y sin tener todos los recursos con los que se contó después.

Es contagiante su optimismo, cuando afirma que va a ser muy difícil, que en el país se presente un escenario catastrófico, porque a medida que pasa el tiempo se conoce más sobre la enfermedad, se sabe qué medidas tomar para disminuir la mortalidad, y además el avance de la vacunación también ayudará a controlar más la enfermedad.

Esas son buenas noticias. Sin embargo, con o sin coronavirus, los paraguayos seguiremos padeciendo el sistema de salud que tenemos. Todavía habrá que depender de polladas y rifas para ayudar al pariente enfermo; todavía las abuelitas que viven en Alto Paraguay sufrirán para llegar hasta un hospital, y un diagnóstico de cáncer seguirá siendo una doble condena, porque si sos pobre vas a sufrir el doble.

Las hilachas en cuanto a la educación también persistirán. En un año en que no hubo alumnos en las escuelas, el Ministerio de Educación no fue capaz de poner en condiciones la infraestructura; y obligó a niños y adolescentes a asistir a aulas virtuales en un país en donde la conexión a internet sí es una catástrofe: es cara y es muy lenta.

La crisis desnudó la brecha de desigualdad que persiste en el Paraguay. Ahora, cuando se anuncia la llegada de las vacunas enfrentaremos el desafío de que lleguen a quienes más las necesitan. Si no es así, será otro nefasto capítulo en esta suerte de memorial de agravios que es vivir en este país.

La pandemia desnudó todas nuestras miserias. La clase política mostró un poco más de lo que ya conocíamos, pero la gente común, el ciudadano acostumbrado a patear las calles, mostró el rostro humano y solidario.

Esa humanidad equilibró la balanza y evitó la catástrofe.

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