22 abr. 2024

La Basílica que no fue: La (complicada) historia del templo de la Virgen de Caacupé

La Villa Serrana alberga en su terruño la casa de la Santa Madre de los paraguayos. Es una obra arquitectónica de larga y complicada historia, que exploramos en esta edición de Pausa a través del archivo del arquitecto Eduardo Alfara Riera, mientras nos preparamos para peregrinar en compañía de miles de fieles de todos los rincones del país.

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Se podría decir que la construcción de la casa de la Virgen comenzó durante los festejos jubilares, en conmemoración del cincuentenario de la consagración episcopal del monseñor Juan Sinforiano Bogarín, arzobispo de Asunción. El día era 15 de abril de 1945 y en el programa festivo se encontraba la peregrinación hacia Caacupé, y la bendición y colocación de la piedra fundamental de la futura basílica.

Con ese sencillo acto, comenzó una serie de idas y venidas que culminaría más de 60 años después, en 2006, con una infraestructura completamente diferente a la que se diseñó en un principio. Pero vayamos por partes.

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El proyecto de diseño y construcción de la Basílica Menor de Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé fue encomendado por el monseñor Bogarín en 1939 al arquitecto e ingeniero civil don Miguelángel Alfaro Decoud, quien estudió en Roma y Nápoles (Italia), y recibió ambos títulos con la máxima calificación y medalla de oro. Un dato no menor es que alguna vez también fungió como intendente municipal de nuestra capital nacional.

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Esta historia la conocemos a través del relato del Arq. Eduardo Alfaro Riera, nieto de Miguelángel, quien creó un interesante archivo de la vida y el trabajo de su abuelo, especialmente en todo lo relacionado con la Basílica de Caacupé: contratos, registros públicos, planos y fotografías familiares dan forma a este caudal de información.

“El proyecto [original] es una obra de arte digna de nuestra Madre, la Virgen de Caacupé”, dice con admiración Eduardo Alfaro Riera, mientras contempla en el monitor de su computadora las fotos de los planos y bocetos que se presentaron hace más de 60 años. El cursor vuela sobre las palabras manuscritas y mecanografiadas por las máximas autoridades eclesiásticas locales del siglo pasado. En febrero de 1940, los monseñores Juan Sinforiano Bogarín y Aníbal Mena Porta firmaron la recepción del plan ejecutivo que incluía la planta general, la fachada principal, la planta de la subestructura y cúpula, la sección longitudinal, la sección transversal y la fachada lateral de lo que constituía una de las mayores ambiciones de la Iglesia Católica y el pueblo paraguayo.

“Es importante aclarar que a mi abuelo le encomendaron el proyecto de una basílica y no de una iglesia. Él, que vino de Italia inspirado por la belleza del Renacimiento, elaboró este diseño con el mismo espíritu renacentista neoclásico”, nos cuenta Alfaro Riera y agrega: “Aquel fue un magnífico y envidiado trabajo, encomendado por el gran monseñor Bogarín. Se proyectó con el fin de darle una casa digna a la Madre de todos los paraguayos: una basílica, con sus características y tamaño. Lastimosamente, esta obra de arte sufrió mutilaciones, lo que cambió el proyecto original”.

Finalmente, la edificación se ejecutó con cortes y terminó siendo apenas la sombra de lo que se buscó en un principio. “Este proyecto, diseñado por mi abuelo, es una obra de arte que no acepta agregados. Es puro como la Virgen, con mano de obra y materiales paraguayos, con ladrillos y madera de origen nacional”, dice hoy Alfaro Riera, parafraseando las palabras que escuchó de boca de su abuelo décadas atrás.

Se podría decir que el problema comenzó cuando se decidió trasladar la obra a la plaza de Caacupé, donde ya existía una bella iglesia que atendía a la comunidad serrana. “Mi abuelo diseñó este proyecto basado en su visión de construir en el cerro Cristo Rey. Luego, por decisión de las autoridades eclesiásticas de aquel momento, se ejecutó en el lugar donde está actualmente”, agrega.

El proyecto recibió modificaciones a lo largo de los años. La Iglesia volvió a abrir una licitación para que otros arquitectos modificaran el plan inicial y aprobó que se realizaran cambios. “Pasaron por encima del diseño original presentado, según el Registro Público de Derechos Intelectuales nro. 12024, realizado el 25 de julio de 1962, por el arquitecto Miguelángel Alfaro Decoud”, explica Eduardo Alfaro Riera.

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Entre esos cambios, hay algunos que ni siquiera se perciben a los ojos menos entrenados, pero que están latentes en la estructura misma. De manera poética, si se quiere, la arquitectura propuesta por Miguelángel Alfaro Decoud se hubiera realizado con piedras y madera de origen nacional, como mencionamos previamente, un método descrito como “puro”, como la misma Virgen. El Arq. Alfaro Riera comenta que, junto a las modificaciones de diseño, también vinieron cambios estructurales; por ejemplo, usaron hormigón armado en vez de ladrillos y madera, y se volvió una construcción híbrida.

Una mirada crítica

Adelantado a su tiempo, el arquitecto Miguelángel Alfaro Decoud planificó hasta rampas para personas con discapacidad. “Era una basílica majestuosa y le cuestionaron que sea muy grande. Hoy dicen lo mismo, pero no cabe la gente”, sugiere Eduardo Alfaro Riera. Además, explica que este tipo de proyectos lleva mucho tiempo de edificación: “Una basílica se construye en años, como en Europa, en Amiens, Reims y Notre Dame, o las basílicas de San Pedro y Santa Sofía”.

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“Independientemente de la historia, hoy esta mal llamada basílica menor, es más parecida a una mezquita. El papa Francisco le dio esa categoría como concesión al Paraguay”, sentencia el Arq. Eduardo Alfaro Riera con determinación, al señalar las características de la fachada y la cúpula. Acota que las agresiones hacia el templo de la Virgen continúan hasta ahora. “La siguen mutilando; hacen cajas de música en los peldaños, por ejemplo, y eso tiene que estar al menos a 50 metros de la estructura o ser desmontables. Pero cuando todo está mal, todo sale mal”, decreta.

“No porque esta construcción sea grande significa que es linda. Recordemos que hay iglesias preciosas acá, como la de San Francisco y la del colegio San José, y ni hablar de otros templos hermosos en San Lorenzo, Caazapá, Iturbe, Yaguarón o Villarrica, por mencionar algunos. Son una preciosa representación autóctona de la arquitectura paraguaya religiosa”, agrega el profesional.

Dice el arquitecto Eduardo Alfaro Riera: “Se debería meditar muy bien antes de modificar un proyecto que ya es patrimonio e inversión del pueblo. Una obra de arte es una unidad que no admite remiendos ni mutilaciones, ¡y debe ser respetada!”.

La casa de la Virgen Azul

La (otra) historia reciente de la fe mariana tiene una parada en el Museo de la Basílica de Caacupé. Desde 2018 es uno de los lugares preferidos por aquellos peregrinos que se acercan a la ciudad antes, durante y después de las festividades aledañas al 8 de diciembre.

El lugar alberga una interesante colección de objetos que ayudan a contar una parte de las crónicas del templo; muchos de ellos fueron reunidos y almacenados por los mismos sacerdotes que prestaron servicio en la ciudad. El fervor de los fieles se materializa en fotografías que dan la bienvenida al recorrido, que se realiza en un silencioso respeto, un ambiente que ayuda a la reflexión propia de esta temporada.

Estas paredes resguardan uno de los mayores tesoros de la fe caacupeña: una escultura de la Virgen María realizada por manos de José, a quien la madre salvó de sus enemigos, según la famosa leyenda, al esconderlo en la frondosa naturaleza propia de la región. José fue un indígena evangelizado por la orden franciscana en Tobatí y el relato se remonta a los comienzos del siglo XVII.

La frondosa naturaleza que envolvía ese paraje era la misma que, según cuenta la leyenda, hacia inicios del año 1600, sirvió de resguardo al indígena José, a quien se le presentó la resplandeciente imagen de la Virgen María entre el follaje, donde se ocultó de otro grupo de nativos que amenazaban con matarlo.

La conocida leyenda cuenta que José talló dos imágenes en el tronco del árbol que lo protegió de sus enemigos. Según el relato popular, la Virgen se le presentó ka’aguy kupépe. Más adelante, José se instaló en ese mismo lugar con su familia y se encargó de edificar una suerte de pequeña capilla de barro, cerca de un manantial que hoy da nombre al Tupãsy Ykua.

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Existe un pequeño acervo relacionado con las dos mayores guerras del Paraguay: contra la Triple Alianza y la del Chaco. Igualmente, el museo tiene recuentos de milagros atribuidos a la Virgen, como el asiento de un avión pilotado por el capitán Porfirio Figari, quien se salvó de un accidente cuando la aeronave perdió el control a más de 3000 metros de altura en 1985. Figari aseguró que la Santa Madre se le presentó en una imagen en ese momento crítico. Dos vidas se salvaron ese día y Figari conservó el asiento, que luego donó para hacer público su testimonio.

Asimismo, las visitas de los papas tienen espacios destacados. Las indumentarias utilizadas por Juan Pablo II en 1988 y por Francisco en 2015 cuentan con su lugar en la exhibición, así como el asiento que se había fabricado para las misas oficiadas por Bergoglio.

Por Patricia Luján Arévalos. Fotografías e imágenes: archivo del arquitecto Eduardo Alfaro Riera.

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