“El motor para que ese mural surja fue la música, ella. Ya hace un tiempo que quería dejar una obra mía en un lugar donde los artistas que pinto puedan cobrar vida gracias a la música en vivo de intérpretes de la música nacional, y ese lugar era Mburucujazz”, comenta la joven, cuyo trabajo es muy admirado.
Otros trabajos de Vero se pueden ver en Drácena, “ un centro cultural donde también hay mucha música”, según sus propias palabras.
A la artista, la inspiración le viene de distintas lugares, “cada obra tiene una nueva inspiración... la música, los poetas malditos, la realidad... la gente de verdad me inspira mucho, las expresiones de la gente sufrida en las calles. Sí, la gente de verdad, esa gente que lucha... y la música, sin música en mi vida es imposible que pueda pintar”, asegura.
Su estilo no lo puede definir muy bien, ya que es una fusión de varios estilos. “No tengo una técnica definida, me gustan tantas cosas, tantos artistas... Creo que lo hago es tomar un poquito de cada uno, aprendo de ellos y se reflejan en mis trabajos”.
Historia. Vero Sforza nació en Asunción y empezó a estudiar pintura a los 8 años con el maestro Porfirio Bustos, con quien trabajó como ayudante de cátedra, cuando solo tenía 14 años.
“Dibujo desde que tengo uso de razón, mi papá es dibujante, por cosas difíciles de la vida no pudo dedicarse a desarrollar el don suyo, pero sí me inculcó ese arte desde muy pequeña. Así que considero a mi padre como mi primer y más importante maestro”, sostiene Sforza.
Ni siquiera se cuestionó la idea de dedicarse al arte, era algo natural para ella. “Para mí todo esto es como respirar... pintar, dibujar, hago esto desde que tengo uso de razón, no se cuándo decidí que quería dedicarme a esto, solo se que ya lo estoy haciendo desde siempre”, comenta.
Formación. Al terminar el colegio viajó a Buenos Aires, donde se especializó en paisajismo. “Fui con el objetivo de seguir formándome con otros maestros, allí tome varios cursos de pintura en el Instituto Universitario Nacional de Arte IUNA, y otros de forma particular con grandes maestros argentinos”, cuenta al tiempo de aclarar que considera maestros a aquellos que constantemente estuvieron aportando infinidad de creatividad a su imaginación “para que esa magia no se acabe”.
También estudió música, rubro en el que admira a Luis Alberto Spinetta. “Su música es mi musa. La música me llevó al jazz, y el jazz me llevó a Cortázar y Cortázar al dibujo”, sostiene. Empezó a trabajar con tinta china en un principio porque era lo más económico. “Estaba sola en Baires y conseguir óleos buenos era difícil por el precio. Y así empecé a trabajar con la tinta, la plumilla. Así, entre los músicos, el jazz, el flaco Spinetta, Cortázar, Robert Crumb, los poetas malditos, el hambre, la felicidad, la soledad, el amor, pero sobre todo la música... esto que soy ahora puede verse reflejado en mis obras”, concluye.