rebecagonzalezg@gmail.com
También solo es cuestión de tiempo para que este filme, escrito y dirigido por Richard Curtis (dice que es la última que dirige), se gane el corazón. Si bien empieza como una comedia romántica más, después va inadvertidamente por un camino más profundo.
Llega el día en que Tim (Domhnall Gleeson, canalizando a Hugh Grant, pero con una gracia propia) aprende de su padre (siempre genial Bill Nighy) que los hombres de la familia pueden viajar en el tiempo. El joven es un romántico empedernido, pero está lejos de ser un don Juan. Es por eso que decide usar ese poder para lograr el amor.
En pleno proceso de aprendizaje, Tim se da cuenta de su primera lección: “Todo el viaje a través del tiempo no puede hacer que alguien te ame”. Sin embargo, cuando conoce a Mary (Rachel McAdams) pone todo en juego y decide conquistarla.
En esas tribulaciones (idas y venidas) radica el primer encanto de la película. A pesar de su alta inverosimilitud, uno entra en el juego y empatiza con el personaje, y se disfrutan sus torpes intentos, ensayos y errores. Rachel McAdams despliega el charme requerido y es sorprendente cómo se va convirtiendo discretamente en la reina de las comedias románticas (y del viaje en el tiempo, puesto que es la tercera en la que hay uno incluido).
El segundo encanto está en la fuerza del amor filial (el final es realmente emotivo), y el último radica en su reflexión sobre la vida. “No sé lo que el futuro depara”, afirma Tim y concluye: “Solo trato de vivir cada día como si fuera el último de mi extraordinaria-ordinaria vida”. Nada original, pero el mensaje toca la tecla adecuada en el corazón.