Cárcel para todos los desubicados que se exhiben impúdicamente en nuestras plazas y se muestran frente a inocentes criaturas. No podemos permitir que los niños ni las niñas vean esas cosas. Qué ideas se les van a formar en sus cabecitas si llegan a pensar que es normal que los nenes besen a los nenes y las nenas besen a las nenas.
¡Dios nos libre y nos guarde!
Esto que leyeron arriba es exactamente lo que piensa una gran mayoría de la población de este país. Una mayoría que hoy alienta y celebra la imputación por actos exhibicionistas de un militante del grupo LGBT, por unos hechos acontecidos tras el famoso y polemiquísimo Besatón.
De acuerdo con la información publicada en el diario La Nación, el caso está en manos de la fiscala Carmen Bogado. La información publicada aportaba además las declaraciones del ministro de la Secretaría de la Niñez y la Adolescencia, Ricardo González: “Se confirma la imputación a esta persona por el hecho punible de actos exhibicionistas”, manifestó el ministro; y sostuvo –según este medio– que la Secretaría de la Niñez y la Adolescencia no está en contra de los derechos que están reivindicando los activistas LGTB, pero que los mecanismos utilizados violan los derechos de los niños.
Informó asimismo el funcionario público, que el evento en cuestión estaba autorizado por la Municipalidad de Asunción, pero que faltó control del contenido que se mostró durante el evento. A lo que cabría consultar: ¿alguna vez alguien se puso a controlar cómo mienten los políticos en sus mítines? ¿Y vio alguien lo que hacen los barras en la cancha? Aún así, ¿a los que hay que controlar es a los gais?
La verdad es que, en vez de pedir la cárcel para los “degenerados”, esa mayoría de gente tan hipócrita debería estar en las calles pidiendo la cárcel para los inútiles que ocupan puestos en el Gobierno y no hacen su trabajo.
Desde el diario, aquí sobre la calle Benjamín Constant, vemos todos los días a niños y adolescentes indígenas que consumen crac a la luz del día y frente a todos los transeúntes.
¿Dónde está el preocupado ministro de la Niñez cuando los microtraficantes les venden las drogas a los niños indígenas?
O, ¿dónde está cuando violan a niñitas de 12 años y después les obligan a parir y convertirse en madres? ¿Alguna vez dijo algo ese inútil, cuando caen los techos de las escuelas sobre las cabezas de los niños, y no solo los lastiman sino además atentan contra su derecho a la educación?
Y no, nunca dice nada porque él es parte del sistema, y su trabajo consiste básicamente en colaborar para que el sistema siga igual.
Después de todo, vivimos en un país cuya sociedad se ofende por un escándalo cuando involucra a homosexuales o travestis, pero si es una modelo o un jugador de fútbol, no pasa nada...
Como tampoco importa si se viola repetidamente la Constitución Nacional, o que el país albergue a bandidos internacionales, lavadores de dinero y todo tipo de mafiosos.
O que se haya vuelto normal que funcionarios públicos cobren multimillonarias coimas y se enriquezcan con dinero sucio, mientras la gente que paga sus impuestos financia con salarios mínimos y empleos precarios los lujos de los correligionarios, parientes y amantes. Ese exhibicionismo está bien y está superaceptado.
Y mientras se pide cárcel para los “degenerados”, les dejamos la cancha libre a los ladrones y los corruptos, esos que exprimen y explotan al país.