Más de 31.000 familias paraguayas viven en viviendas donde conviven núcleos familiares agrupados. De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) publicados en 2025, en el país existían 31.328 viviendas con núcleos familiares agrupados. A esta situación se suma la reducción de la fecundidad y un aumento de personas que prefieren vivir solas, muy ligado al alto costo de vida, mientras los ingresos siguen estancados.
Hasta el 2025 unas 10.304 hogares presentaban condiciones de hacinamiento en zonas urbanas. Este segmento forma parte del déficit habitacional estimado en 108.678 viviendas nuevas necesarias a nivel nacional.
Una vivienda con agrupamiento externo es aquella donde convive más de un hogar, es decir, personas que cocinan por separado y manejan presupuestos independientes. En cambio, el agrupamiento interno se da cuando en un mismo hogar convive más de un núcleo familiar que comparte un único presupuesto. En cuanto al índice de hacinamiento, este se define como el número de personas censadas en la vivienda dividido entre la cantidad de piezas destinadas a dormir.
Para Ana Rojas Viñales, economista, doctora en Ciencia Política e investigadora asociada del Centro de Análisis y Difusión de la Economía Paraguaya (CADEP), Paraguay atraviesa transformaciones demográficas, sociales y económicas que no se dan de manera homogénea, debido al contexto de elevada desigualdad social y segmentación económica que caracteriza al país.
A esto se suman las condiciones estructurales como el territorio, género, edad, origen étnico y la interacción de ellas.
Según Rojas Viñales, en las últimas dos décadas, la proporción de población residente en áreas urbanas pasó de 56,7% a 69% entre 2002 y 2022. Este desplazamiento hacia las ciudades se relaciona con la búsqueda de oportunidades laborales, educativas y de servicios, generando nuevas dinámicas habitacionales y necesidades de infraestructura.
Sin embargo, una parte de esta población se incorpora en condiciones de vulnerabilidad, con dificultades para acceder a empleo formal, vivienda adecuada y protección social, lo que contribuye a la concentración de asentamientos y cinturones de alrededor de las ciudades.
Fecundidad. En cuanto a la fecundidad, la economista señala que ha descendido de manera sostenida. La tasa global de fecundidad pasó de 3,56 hijos por mujer en el año 2000 a 2,19 en 2020, y las proyecciones indican que seguirá bajando hasta 1,74 en 2040.
Este descenso está acompañado por el aumento de la esperanza de vida, el envejecimiento y la estructura por edades, generando una base poblacional más estrecha y un ensanchamiento en la población joven. Esto modifica la composición de la población en edad de trabajar y genera un aumento progresivo de la población adulta mayor, con nuevas demandas en materia de cuidados, salud y seguridad social.
En relación con la estructura de los hogares, Rojas Viñales señala que también ha cambiado en los últimos 20 años. Si bien todavía predomina el hogar nuclear completo, con 44%, aumenta la cantidad de hogares unipersonales, que representan el 18%, y los nucleares incompletos, con 26%. En tanto, los hogares extendidos y compuestos disminuyen, con 10% y 2%, respectivamente.
Esta mayor diversidad en las formas de organización familiar tiene implicancias económicas, porque modifica la distribución de los ingresos, los gastos y las responsabilidades dentro de los hogares.
Al mismo tiempo, Rojas Viñales señala que el tamaño promedio de los hogares se ha reducido. En 2022, un hogar paraguayo estaba compuesto en promedio por 3,4 personas, cifra que refleja una tendencia sostenida hacia hogares más pequeños y una reducción del número de hijos por familia.
La reducción del tamaño y el aumento de los hogares unipersonales también pueden incrementar la vulnerabilidad económica de algunas familias, especialmente cuando los ingresos disponibles son insuficientes para cubrir las necesidades básicas.
Ingresos promedio de la población ocupada por ocupación principal y brechas entre hombres y mujeres
El alto costo de vida contra bajos salarios e informalidad
Por otro lado, en materia laboral, Ana Rojas Viñalez señala que la participación masculina alcanza el 79,4%, mientras que la femenina es de 52,9%, con una importante brecha de género.
Según la economista, esto se explica por las barreras estructurales que enfrentan las mujeres para el acceso a empleos formales, su concentración en ocupaciones de baja remuneración, las responsabilidades de cuidado y la persistencia de la división sexual del trabajo que asigna roles tradicionales a hombres y mujeres limita la autonomía económica de las mujeres y, en muchos casos, las obliga a permanecer en hogares donde dependen de ingresos ajenos o a sostener hogares incompletos con recursos insuficientes.
Estas desigualdades, según Rojas Viñales, se profundizan al analizar la estructura de ingresos y las condiciones laborales de la población ocupada. A pesar de los incrementos registrados en el salario mínimo durante la última década, una proporción importante de trabajadores y trabajadoras continúa percibiendo ingresos insuficientes para garantizar condiciones adecuadas de vida.
Apenas el 40% de la población ocupada percibe ingresos cercanos al salario mínimo, mientras que esta situación afecta de manera más marcada a las mujeres, entre quienes más del 66% percibe ingresos inferiores a dicho umbral. Esta situación se relaciona, en gran medida, con la elevada informalidad laboral, que en 2026 alcanzaba a más del 60% de la población ocupada.
La especialista menciona que las limitaciones en los ingresos adquieren una relevancia particular en los contextos urbanos, donde los costos asociados a la vivienda, el transporte y los servicios básicos representan una proporción creciente del presupuesto familiar.
“En este escenario, la formación de hogares independientes se vuelve más compleja, especialmente para las personas jóvenes que ingresan al mercado laboral en condiciones precarias o con ingresos insuficientes. Como resultado, se observa una prolongación de la convivencia con la familia de origen y una mayor dependencia de las redes familiares para garantizar niveles mínimos de bienestar”, concluye.