Hamás no es un capricho palestino. Su surgimiento es un hecho histórico explicable y reciente: solo data de 1987. El conflicto en esa parte de Oriente Medio tiene por lo menos cien años. Y son solo ocho los que la organización política y militar lleva en el poder en Gaza, luego de haber ganado las elecciones a la más moderada Al-Fatah. La suya es un tipo de respuesta violenta, nacionalista y religiosa, a la original agresión violenta y religiosa del sionismo desde antes de la creación misma del Estado de Israel, en 1948. Pero no es la única respuesta al agravio israelí, ni mucho menos. Hay decenas de colectivos políticos y sociales que reivindican la creación de un Estado palestino multicultural, no solo árabe ni musulmán.
Lo que se suele ocultar es que si Hamás no existiera, Israel igual seguiría con sus intereses de hegemonía plena en los Territorios Palestinos, porque ese es su modus operandi. El bombardeo y la masacre es una de sus respuestas. El historiador israelí Illan Pappé identifica tres medidas sistemáticas que pone en marcha en sus intereses en la Franja de Gaza: la económica, mediante el financiamiento de la expansión urbana colonial (y la correspondiente expulsión de los habitantes originales); la cultural y social, mediante la desarabización del área del “Gran Jerusalén"; y la implacable política de la “red de muros”, apartheid puro y llano. La guinda a la torta son los aviones tirando bombas desde el cielo.
Una cosa es clara y no hay nadie que lo pueda negar: hasta la artificial creación de Israel en 1948, la Palestina estuvo mayoritariamente habitada por musulmanes y cristianos. Los judíos empezaron a llegar en gran número porque los británicos y los árabes les dieron refugio durante la persecución del nazismo. En aquel tiempo, por supuesto, hubo problemas en la convivencia, pero nada que por asomo se compare a los problemas que trajo el invento de un Estado judío en pleno corazón árabe. Porque no hay que olvidar eso: se creó desde arriba un Estado homogéneo, y, por lo tanto, potencialmente segregador por motivos étnicos y religiosos (además de económicos, claro). Por eso, desde 1948 hasta acá, grupos laicos israelíes han presionado por la redacción de una Constitución democrática, a lo que grupos dominantes reaccionarios se han opuesto siempre porque el Estado de Israel, dicen, no debería estar regido por ninguna ley nacional y terrenal que no fuera la de los textos sagrados de la religión hebrea...
No se suele citar mucho en los medios, pero el pensamiento de David Ben Gurión, líder del sionismo creador de Israel, siempre fue claro y sin concesiones: aun cuando Palestina se había partido en pedazos originalmente más o menos iguales, “un Estado judío ‘parcial’ (...) era solo un comienzo” y desde un primer momento el líder y sus seguidores aspiraban al surgimiento de “un ejército de primera y utilizar la coerción o la fuerza para absorber toda la extensión del país”. Ahora tienen ese ejército, incluido el poder nuclear. Y es ese plan primigenio el que viene poniendo en práctica desde 1947 Israel, bajo la potente influencia del fundador, del apoyo estadounidense y la complicidad silenciosa de las potencias europeas. Todo lo demás es lo que te cuenta la tele.