Opinión

¿Habrá hambre en el país de la leche y la miel?

Luis Carlos Irala

Días pasados viví una experiencia conmovedora de la solidaridad de los paraguayos. Participamos en la distribución de unas bolsas de víveres para las personas que quedaron sin trabajo; se trata básicamente de albañiles, jardineros y pintores.

Cuando llegamos a la casa de uno de los vecinos, un señor muy humilde que vive en una pequeña casa con sus dos hijas menores, el hombre nos recibió muy emocionado y agradeció en varias ocasiones la ayuda que se le estaba llevando.

Pero lo más impactante fue cuando en un acto de plena sinceridad dijo: “Yo recibí esta semana una bolsa con mercaderías y este que ustedes me traen voy a compartir con otra persona que está necesitando mucho. Muchísimas gracias. Llegaron en el momento oportuno”.

Los paraguayos siempre se caracterizan por la solidaridad y la hospitalidad. Estamos siempre dispuestos a dar hasta lo que no tenemos, aunque nos quedemos con los bolsillos vacíos, con tal de cumplir con los amigos o parientes.

Pero también duele escuchar a las personas que por los medios de comunicación anuncian el agotamiento de las provistas para las ollas populares o para dar de comer a sus hijos.

En medio de la cuarentena, para frenar la expansión del coronavirus en el país, se escuchan muchas versiones, unos que reciben, otros que no tienen nada y otros que les sobra y están preocupados porque subieron de peso en los últimos dos meses. Una opción para contener el sobrepeso es compartir con aquellas personas que quizás están pasando por necesidades.

Una de las características de la economía del país es que se produce mucho alimento. Se genera tanto que gran parte del ingreso por divisas es precisamente por las exportaciones de carne, soja, trigo, arroz, leche, sésamo y frutas, por citar algunos.

Al tener semejante abundancia de alimentos en el país, gracias a la fertilidad de la tierra, desde el Gobierno y con el acompañamiento de los empresarios se deben encarar acciones para que cada familia paraguaya tenga lo suficiente para vivir dignamente y recibir la alimentación necesaria mientras duren las restricciones por la cuarentena. Sería una situación muy extrema que familias o niños pasen hambre en un país donde basta con tirar una semilla para tener cien granos al cabo de poco tiempo.

En la medida de lo posible se debe volver a incentivar la tenencia de aves de corral, ovejas, cabras y la huerta familiar para generar un sistema de autoabastecimiento de los productos básicos para alimentación.

Otra lección que nos está dando esta cuarentena es que los paraguayos somos capaces de reacomodarnos rápidamente a la situación que nos toca vivir. En las redes sociales vemos cómo las personas redireccionaron sus actividades para responder a la demanda del momento, con la producción de tapabocas, gorros, alcohol, lavandina y lavatorios portátiles, por citar algunos.

Así también, se observa que las familias en tiempo de cuarentena empezaron a producir su propio panificado y facturas que habitualmente se compraban de los negocios que hoy día están cerrados. Veo que los niños y adolescentes se ingenian para elaborar sus comidas preferidas, como lomitos, papas fritas y tacos.

La habilidad de los paraguayos para hacer frente a las situaciones adversas es admirable (resiliencia dirían los economistas), lo que sumado a la generosidad y bondad de la tierra que habitamos anima a pensar que ningún habitante puede pasar hambre en este país. Y si hubiere necesidad, ahí también estarán las personas bondadosas para pasar la mano.

Cuando el pueblo de Israel se disponía a ingresar a la tierra prometida, “donde fluye leche y miel”, solo se le puso una condición para poder disfrutar de las bondades de la conquista: No olvidarse de Dios.

Considero que la fe de los paraguayos es una garantía sin fecha de vencimiento de que superamos esta cuarentena.

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