Opinión

Gobernar a la fuerza

Estela Ruiz Díaz En TW: @Estelaruizdiaz

Estela Ruíz Díaz Por Estela Ruíz Díaz

“El presidente Mario Abdo Benítez es inescrutable”, dice con frecuencia un allegado palaciego para intentar explicar las injustificadas decisiones o las largas demoras en tomar decisiones. “Estoy cansado de sugerirle que se adelante a los hechos”, afirma otro, con muestras de hastío. Sus asesores, en general, le proponen medidas acordes con los turbulentos tiempos, y se sorprenden tanto o igual que el resto de los mortales con sus indecisiones.

Ese comportamiento repetitivo pone a su gabinete en aprietos, tanto que se acrecienta el trabajo en compartimentos estancos, justo en tiempos en que se debe actuar en una sola dirección y sin fisuras en los discursos. El Ministerio de Salud siente que trabaja solo en la peor pandemia de la historia, especialmente en la tarea de las restricciones de la cuarentena o cuando se requiere trabajo coordinado de otras instituciones para acelerar, por ejemplo, el proceso de vacunación. Un simple software pone en jaque al Gobierno.

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Tanto ha sido el desgaste, que su gabinete ha perdido los bríos, ya que los cambios realizados en algunos ministerios no parecen dar la talla. Es como si fuese un equipo de suplentes, que juegan el partido no para ganarlo, sino esperando el pitido final conformándose con un desabrido empate o una derrota que no lamentan.

La pandemia —como se dijo cientos de veces— desnudó toda la ineficiencia institucional con todas sus precariedades y su purulenta corrupción. Puso a prueba los liderazgos y especialmente a quién sirve el Estado. Se sabía que existía un divorcio entre la dirigencia política, económica y social y la población en general, que hoy sufre la ausencia de políticas públicas y desprotección social. El coronavirus vino a confirmarlo de la manera más cruel.

ALERTAS A GRANEL. Cuando se desató la pandemia mundial del coronavirus y aún no se sabía de sus destructivas consecuencias, el país se preparaba para enfrentar la tormenta, el Gobierno fue alertado sobre los efectos letales si no tomaba decisiones drásticas en el área de la corrupción. Cuando el Congreso aprobó sin chistar los 1.600 millones de dólares para afrontar la pandemia, hubo voces que advertían sobre la necesidad de transparentar su uso y evitar los manotazos con las licitaciones direccionadas y amañadas. Pero la naturaleza de la corrupción pudo más, como la fábula del escorpión y la rana. Entonces se les pidió: “Castiguen a los corruptos”. Tampoco lo hicieron.

A medida que la pandemia avanza su mortal paso, llevándose más de cinco mil muertos con los hospitales colapsados y reclamos de cada rincón del país, el presidente de la República sigue sin tomar las decisiones más simples para alivianar la pesada carga sanitaria con su crisis económica y social.

Ante esta falta de carácter, se le obliga a gobernar, a fuerza de presión.

Es lo que sucede, por ejemplo, con los fondos sociales de las binacionales. Pudo haber decidido, sin esperar una ley, destinar exclusivamente ese dinero a la compra de medicamentos e insumos. Como no lo hizo, el Congreso, contra todas las predicciones y gracias al quiebre de la bancada cartista en Diputados, sacó la ley y ahora está en un brete del que no saldrá ileso: si veta, será repudiado por la ciudadanía, y si aprueba, será despreciado por su partido, que utiliza el rubro como caja negra para sus objetivos electorales y políticos.

La compra de vacunas fue otro craso error. El Gobierno puso todos los huevos en la canasta de Covax y no realizó contactos para la compra directa y hoy el país está entre los más rezagados de la región. Solamente después de la presión política, mediática y ciudadana, la Cancillería empezó a moverse para negociar y conseguir algunas dosis para aplacar la desesperación ciudadana.

Otro ejemplo de desconexión con la ciudadanía fue la crisis de los medicamentos, escándalo que le costó el cargo a Julio Mazzoleni. Los crudos y lastimeros testimonios de los familiares de los enfermos de Covid en los pasillos de los hospitales, en las improvisadas carpas, no hizo reaccionar al Gobierno a tiempo y acorde con las circunstancias. Ante la falta de iniciativa, el Congreso se vio obligado a legislar para intimarlo a hacer su tarea. Así surgió la ley que crea el fondo para cubrir los gastos de pacientes con Covid-19 y que entró en vigencia hace días.

Ante la carencia en los hospitales, el Gobierno también se vio obligado a crear el Pytyvo Medicamentos, un programa de emergencia para subsidiar una lista de 30 medicamentos e insumos de alta demanda de pacientes en UTI. Pero hasta hoy el plan no puede ser utilizado masivamente por los beneficiarios por la complejidad de la herramienta. Los medicamentos deben estar en los hospitales sin necesidad de someter a la gente a semejante suplicio. Es increíble cómo convierten una solución en problema.

Ha pasado un año de la pandemia del coronavirus. Ya llegan a casi seis mil los muertos, hay una crisis económica y social cuya recuperación llevará años. En medio de este escenario catastrófico, es absurdo que el presidente siga titubeando para tomar las decisiones.

Como se ve, Marito parece programado para gobernar a golpes de presión. Si no puede, si no quiere, si no se anima a tomar decisiones porque afectará a sus amigos, a su partido, a los intereses empresariales, lo harán por él el Congreso, la Justicia, la coyuntura política o la presión mediática y ciudadana.

En tiempos de emergencia, no hay tiempo para vacilaciones.

Si no toma el timón, alguien lo hará por él.

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