Correo Semanal

Flores, por la puerta grande de la historia

 

Hugo Vigray

El unipersonal de Mario Casartelli El pan y la Guarania es un viaje por la memoria del creador de la guarania, José Asunción Flores. Ha bajado de cartel en la breve temporada que tuvo en la Manzana de la Rivera. Pero sería fantástico que su autor –e intérprete al mismo tiempo–, tenga la generosidad de convertirlo en una pieza itinerante que recorra los colegios del país; el propio Flores y la pulcra y emotiva puesta en escena, tienen todos los merecimientos para ello.

Sería una estupenda ocasión para que los estudiantes paraguayos se acerquen al pensamiento de Flores, y puedan conocer detalles de su vida plena de valores enriquecedores.

Personalmente, he tenido la oportunidad de acercarme bastante a la vida del creador de la guarania, a través de gente que lo conoció y con la que contacté a través del periodismo. Pero la puesta de Casartelli me brindó datos que no conocía.

La obra traduce una estupenda investigación del autor, a su vez músico y poeta, por lo que la emotividad que desgranan el texto y la interpretación tiene el merecido rango de un homenaje.

Con economía de recursos en utilería y luces, la obra es la pura poesía que fue la vida de Flores, en un diálogo con San La Muerte. Como lo define el propio Casartelli, un ser humano en trance de morir, que oscila entre la lucidez y el delirio, por una obra que puede quedar trunca ante los rigores del exilio. Las escenas transcurren entre la habitación del músico y una plaza, con transiciones marcadas apenas con breves apagones.

Narra la intención de Flores de crear la guarania épica. La noche antes, con la tragedia final de la Guerra de la Triple Alianza, una meta para entregarse al fin a la muerte, que viene una vez más en su búsqueda: Flores narrará que ha superado varios episodios desde la infancia, en los que ha triunfado contra la muerte.

La pieza es, además, la versatilidad musical de Casartelli, a veces tocando el piano, otras pulsando el violín o la guitarra, o quitándole unos acordes al trombón, el instrumento original de Flores. Y también, con una de las más reconocidas virtudes de Mario: el canto.

RECUERDOS Y PENSAMIENTO

Así, la música y el canto tienden un puente entre los recuerdos, el pensamiento de Flores, y la historia llega al espectador traduciéndose en la angustia del exilio, el dolor por la pérdida de algún amigo, la decepción por tener que rechazar homenajes ante el inquebrantable mandato de sus principios y esa sensación de estar “cansado de haber visto la tierra que no cambia”, como dijera Neruda, a quien el texto cita desde esas líneas de Los versos del capitán.

Los amigos de Flores han relatado siempre anécdotas que lo describen al autor de India con la ternura que inspiraba, como si fuera un niño grande, lleno de bondadosa ingenuidad, aunque férreo de principios y valores que arropó con su eterna rebeldía.

El monólogo tiene momentos de visible intención didáctica, por lo que se convierte en una obra excepcional para conocer a plenitud la figura del gran Flores y sostiene nuestra tesis de que sería menester llevarlo a los colegios.

Flores recorre su infancia, la relación con su madre en la adolescencia, la vida con sus mujeres, con sus hijas, con sus amigos. Transita por las callejuelas de Punta Karapã, ese espacio de la Chacarita en donde pasó su niñez de lustrabotas. Rememora su amistad con otros ilustres artistas como Darío Gómez Serrato, Agustín Barboza, Óscar Mendoza, Mauricio Cardozo Ocampo y Manuel Ortiz Guerrero.

Extrae también la conocida historia de India, cuya primera letra fue creada por Rigoberto Fontao Meza. Ante un pedido de Ortiz Guerrero, éste le cambió aquella letra inicial para que quedara como la conocemos. Aquel episodio, provocó el eterno distanciamiento de Fontao Meza. Contaban sus amigos más memoriosos, que Flores murió con esa espina en el corazón.

El pan y la guarania es también, en la voz del personaje, la reivindicación de Manuel Ortiz Guerrero, no como un romántico evasivo como lo catalogó la historia, sino como un ser comprometido con los dramas sociales de su tiempo, dado que en su imprenta se imprimían incluso manifiestos contra el gobierno de entonces.

Asistir a esta puesta es beber un poco de las mismas aguas que bebió el creador de la guarania, a quien además se le debe el conteo final del patrón rítmico de la polca, el 6x8. Y pensar que en algún momento los paraguayos debieron escucharlo en secreto, porque supo ser un militante del amor y de la política, al mismo tiempo.

Una ocasión para que permanezca vivo en el sentimiento de los paraguayos a quien se le permitió volver recién cuando era ya polvo para su eterno descanso a la vera del Mburicao. Una puesta con la que Casartelli realiza una reparación histórica que la dictadura no permitió que José Asunción Flores ingrese a la historia por la puerta grande, a través de un texto que tiene al mismo tiempo la fuerza de la propia historia y el valor rebelde y necesario de una proclama.

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