En septiembre de 2014, este Ferrari junto a otros vehículos legendarios aparecieron en una finca del Oeste de Francia, roídos por el óxido y la hiedra. Fue como entrar “en la tumba de Tutankamón”, había explicado Matthieu Lamoure, director de la casa de subastas Artcurial, al evocar este “tesoro automovilístico”, calificado de “descubrimiento del siglo” por una revista especializada estadounidense.
Roger Baillon, un transportista fallecido a principios de los años 2000, constituyó esta colección de vehículos con evocadores nombres: Bugatti, Talbot, Hispano-Suiza, Delahaye o Delage; y con el objetivo de abrir un museo en su propiedad de tres hectáreas.
Pero, durante casi medio siglo, esta colección de decenas de vehículos permaneció dentro de hangares, más o menos estancos, tras un cambio de suerte de su propietario. EFE