Opinión

Exigimos paridad en los escraches

 Alfredo Boccia Paz – galiboc@tigo.com.py

Alfredo Boccia PazPor Alfredo Boccia Paz

Es insólito el reclamo que en estos días hicieron algunos colorados. Exigen que la indignación no sea selectiva y alcance por igual a los corruptos de todos los partidos. Puesto así, parece una petición justa y que la razón está de su lado. Pero, en la práctica, es de cumplimiento imposible.

Una de las características del escrache paraguayo es su eclosión imprevisible y la elección algo anárquica de sus víctimas. El enojo ciudadano puede desaparecer de las calles durante largos y apáticos meses, pero emerge súbitamente el día menos pensado. Por algún motivo, todavía poco estudiado, de repente alguien hace o dice algo que despierta en las masas una rabia incontenible que las lleva a rugir en las calles. Antes, varios actos de corrupción habían pasado indiferentes.

Es ese origen caótico de la exasperación el que lleva a los políticos a medir mal el peso de sus actos. Si José María Ibáñez hubiera podido imaginarse que la ratería que cometió despertaría tanta furia en las personas comunes, no definiría su delito como bagatelario. Y, de paso, nos hubiera ahorrado aquel patético discurso en el que perdonó a quienes lo criticaban y aseguró que no renunciaría. En horas, un megaescrache dio por terminada la carrera política del ex diputado.

Como Ibáñez se había marchado antes de la convocatoria, los enardecidos se acordaron de Óscar González Daher, el viejo señor del mal. Y fue entonces cuando cundió la desesperación colorada: luego irían a por Víctor Bogado, Jorge Oviedo Matto, Tomás Rivas y otros amigos. Era una “indignación selectiva”, acusaron en las redes sociales. Es una campaña anticolorada, exclamaron. Era inútil responderles que esa misma multitud había echado de la plaza a empujones e insultos al político liberal Federico Franco. Ese ejemplo no cuenta, decían, pues solo a un desubicado como él se le ocurriría pensar que podía mezclarse con la gente sin que le pase lo que le pasó.

En la lista de los escrachables hay muchos que no son de nuestro partido, sostienen, y hay que darles la razón. Pero, por algún insondable motivo, la gente se enojó más con Ibáñez y González Daher que con Enzo Cardozo y Carlos Portillo, dos diputados liberales a los que alguna vez les llegará su hora. El escrache nativo es conceptualmente desorganizado y no sistemático. Es juvenilmente arbitrario, por lo que la aspiración del ministro Gustavo Leite de que sea “respetuoso” es absurda. Tampoco se puede construir artificialmente, como lo demostró el inefectivo intento colorado de armar uno frente a la casa de Desirée Masi. Esto no funciona así. Por eso es ridículo pretender que sean paritarios.

Le tengo más miedo a la falta de escraches que a la injusticia de los mismos. Es el nuestro un pueblo tan secularmente callado que no me parece oportuno reglamentar sus esporádicos y justicieros desahogos.

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