Texto: Natalia Ferreira Barbosa │ Fotos: N.F.B. / Fernando Franceschelli / Javier Valdez
Talento incipiente
“Cuando me hice un tatuaje en la pierna, en Buenos Aires, me interesé y compré un equipo. Empecé sin que nadie me diga cómo hacerlo. Sabía dibujar antes y me gustaba hacer rostros. Aprendí solo, mirando cómo otros tatuaban y practicando. Mi estilo es el realismo”, cuenta Ariel Tulio (29), quien se volvió tatuador hace ocho años, desde su estudio ubicado en el Paseo Asunción de Caacupé.
Las paredes están pintadas de verde manzana, hay una vitrina repleta de piercings, y a la izquierda de ella, sobre un caballete, un cuadro en proceso de Bob Marley. Es otra de las habilidades de Ariel: la pintura.
El camino no siempre estuvo claro para él, que nació en Buenos Aires y vivió allí hasta hace dos años, cuando decidió mudarse a Caacupé. Venía de vacaciones porque es hijo de paraguayos y le encantaba esta ciudad, donde encontró un hogar y varios clientes. Muchos de ellos –lo conocen por las redes sociales– vienen para tatuarse con él de distintos lugares, como Itauguá, Tobatí, Barrero, Ciudad del Este y Asunción. Ese es un motivo por que Ariel se siente feliz, llegar a tanta gente en poco tiempo.
Él acepta cualquier tipo de trabajo mientras se adecue a su estilo. Además, le gusta mejorar tatuajes mal hechos, dice. Hay una cosa que no hace: tatuajes de la old school (vieja escuela). “Puede que estén de moda. A veces me los piden, pero los rechazo”, admite Ariel, quien tiene el brazo derecho repleto de coloridos diseños, y el izquierdo hasta el codo.
Si bien los diseños son hermosos, hasta ahora su madre reniega cada vez que llega a casa con un nuevo tatuaje, a lo que él siempre le responde: “Va a ser el último”, cuenta riendo.
Si de planes a futuro se habla, Ariel quiere estudiar en la Escuela de Bellas Artes para tener más conocimientos y incluirlos en sus tatuajes.
¿Qué sería un tatuador sin tatuajes?: “Es como un pintor sin un cuadro en la casa”, responde entre risas.
Manos de seda
El mundo del tatuaje, al menos en Paraguay, está dominado por manos masculinas, mientras que la presencia de las mujeres está asociada con las perforaciones. Quizás solo un par de ellas tatúen en Paraguay. Entre las pocas está Leticia Fernández (25), también conocida por su nombre artístico: Kerana, que viene de antes, cuando dormía todo el día. Ella hace lo suyo en Teju Jagua Tattoo.
“Empecé a practicar hace siete años. Antes trabajaba en el Mercado haciendo perforaciones, pero después me fijé en cómo hacían los tatuajes y comencé a ensayar con naranjas o pomelos. Dibujaba sobre ellos con la máquina. El primer tatuaje me lo hice a mí misma, eran unas cerezas y un trébol (cada figura está ubicada en la cara interna del tobillo), y después tatué a mis amigos”, recuerda Leticia, quien aprendió especialmente mirando los trabajos del tatuador Hiroki Fukunaga, de Teju Jagua.
Con el tiempo, Leticia adquirió su propio estilo, que se adecua a la línea de la vieja escuela, el tradicional americano. “Mucha gente trae diseños repetidos que ve en internet, y quieren hacércelos sin modificarlos. Eso no me gusta tanto, porque no me parece original. Trato de convencerles para cambiar su diseño, de modo que tengan algo diferente. Pero hay de todo. También hacemos tatuajes que no son tradicionales”.
¿Y cuál es la reacción de los clientes al ver a una tatuadora?: “La mayoría se sorprende un poco, pero después ya está todo bien y me aceptan”, admite con una tímida sonrisa.
El dragón chileno
La tienda Le Dragon Bleu funciona desde hace años realizando piercings y tatuajes. Y la mano que controla la aguja del lugar es la de Esteban Gacitua (36), oriundo de Santiago de Chile y radicado en el país desde hace 20 años. A primera vista, Esteban luce un tanto intimidante (debe medir casi dos metros), pero la primera impresión no siempre es la correcta. Quizás su rostro de pocos amigos pueda engañar a algunos. Sin embargo, este tatuador solamente es introvertido, y cuando entra en confianza no demora en desplegar una generosa sonrisa.
Cuando llegó a Paraguay, según cuenta, en Asunción había un solo local en donde realizaban tatuajes: Sol y Luna. Fue allí donde comenzó. “Como todos estábamos empezando, tratábamos de encontrarle el lado. Para trabajar realmente bien se tarda entre tres y cinco años, hasta conseguir un nivel profesional. Recuerdo que el primer tatuaje que hice fue un quilombo –admite mientras tatúa una flor de cactus a un cliente–, y después de unos años lo arreglé”.
Al momento de tatuar, el obstáculo más grande –según Gacitua– es la piel, porque “es algo vivo, que tiene que cicatrizar, y si la maltratás el tatuaje se estropea”. Tras un buen tiempo de trabajar en el ambiente, no sabe si llamarse artista. “Hago lo que la gente quiere. Si fuera artista, haría lo que yo quiero –dice riendo–. Tatuar es la forma que tengo de ganarme la vida”.
En lo que a estilo se refiere, Esteban se inclina por el realismo y el full color, que son sus especialidades, sobre todo los rostros sombreados. En este sentido, este tatuador va contra la corriente del momento: la vieja escuela. “Son tatuajes simples que podés hacer rápido. No me gusta la vieja escuela, que se caracteriza por sus líneas gruesas y colores simples.
Casi todos los tatuadores están metidos en esa onda de la vieja escuela, que se instaló bastante acá. La mayoría de los que tatúan en festivales tienen esa onda e hicieron un círculo muy cerrado. Realmente, ver tatuajes de ese tipo no me interesa”, cuenta.
Fuera de lo que es su oficio, su faceta de metalero aparece con una banda de black metal, de la cual es vocalista y guitarrista. Quizás de allí, admite, le viene el gusto por los tatuajes en blanco y negro, la escala de grises y los sombreados. Al contrario de la mayoría de los tatuadores, a Esteban no se le ve un tatuaje tipo manga en el brazo, a lo que responde: “Quiero hacerme uno, pero nunca tengo tiempo, trabajo todo el día. Bueno, en casa de herrero cuchillo de palo”.
Experiencia despabilada
“Sí, Labrador, Esteban Labrador, como el perro”, dice aclarando su apellido el tatuador de 38 años, que ya no recuerda cuánto tiempo pasó desde que empezó, pero con seguridad hace más de 15 años. Su interés por esta disciplina nació cuando a los 15 años se hizo su primer tatuaje. Desde ese entonces, empezó a rodearse de personas involucradas en el ambiente.
Para aprender a tatuar, al menos aquí, no hay escuelas. Al parecer, es una técnica que debe observarse para luego aprender. “Creo que en Argentina o Brasil hay escuelas, no sé si servirán. Quizás enseñen lo básico, y eso es bueno, pero finalmente es la práctica y la perseverancia las que cuentan”, explica Esteban.
“En mis primeros tiempos, trabajaba de cocinero en un lugar. Aparte, la gente no se tatuaba tanto. Era una cosa de los jóvenes, y tampoco se hacían cosas grandes. Ahora ves gente que se tatua en cualquier parte y cualquiera, como doctores, abogados y hasta ministros”, cuenta Esteban.
En el momento en que Labrador se inició en el arte del tatuaje, lo hizo con una máquina casera que él mismo fabricó y asegura que casi todos los tatuadores alguna vez hicieron lo mismo. En ese entonces vivía en Luque, y afortunadamente tenía vecinos que se prestaban para que él pudiera practicar sin cobrarles nada, claro. A lo que Esteban agrega riendo: “Todo tatuador tuvo sus víctimas”.
Las cosas que más piden son frases y los nombres, pero no solo a él, sino a los tatuadores en general. Y lo que no puede faltar: el nombre o las iniciales de la pareja. “De eso hay un montón. Y así como se hacen el nombre de su novio o novia, muchos vuelven para que lo cubra; hay muchísimo de eso”, confiesa riendo.
Foto de tapa: Javier Valdez
Maquillaje: Tais Estrada
Modelo: María José Sotelo
Agradecimiento: Unicentro.